Camino a la hiperinflación

Por Oscar Lamberto

En una conferencia que dictó en nuestro país, hace algunos días, el ex presidente de Chile, Ricardo Lagos, manifestó que ningún Presidente refunda “nada” cuando asume y que disfruta o padece los aciertos y los errores de quienes los precedieron y que siempre existe una continuidad histórica que favorece o condiciona el futuro.

Tales afirmaciones se pueden verificar cuando se realiza una revisión histórica de los hechos económicos y políticos más relevantes ocurridos en la Argentina de 1988.

Tanto la política como la economía le venían jugando en contra al gobierno del doctor Raúl Alfonsín. El año anterior había perdido las elecciones parlamentarias y la mayoría de las gobernaciones, un justicialismo renovado se preparaba para ganar las elecciones presidenciales de 1989 y Carlos Menem accede a la candidatura presidencial en la interna partidaria.

El Plan Austral hacía agua por los cuatro costados, la inflación venía creciendo muy fuerte (había sido del 82% el 1986 y del 175% en 1987) y se proyectaba una mucho mayor para 1988. El déficit del Estado, tanto del Tesoro como el del Banco Central, llegaba a cifras peligrosas, que presagiaba la hiperinflación del año siguiente. El crecimiento de la economía fue cero en ese año y la deuda externa crecía para sostener la moneda.

En un intento desesperado por preservar el poder y ante la necesidad de rendir examen en la Asamblea del FMI que se realizaba en Berlín en el mes de septiembre, en agosto el gobierno lanza el Plan Primavera (programa para la recuperación económica y crecimiento sostenido). Estaba centrado, una vez más, en contener el ascenso inflacionario a través del control de precios de las tarifas públicas y el congelamiento de los salarios estatales. Incluía control de cambio y precios, y negociación con el movimiento obrero, la Unión Industrial Argentina y la Cámara de Comercio. Los sectores rurales quedaron fuera de los acuerdos.

El plan no conmovió a la burocracia de los organismos internacionales, el Consenso de Washington, con sus reformas estructurales, ya estaba rodando como nuevo paradigma, y los asambleístas preguntaban quién era ese hombre de largas patillas y aspecto extraño que aparecía en la tapa de la revista Dirigencia.

Sin confianza interna y sin respaldo internacional, el plan estaba destinado al fracaso, y terminó de la peor manera, tanto en la economía que desembocó en un desborde de precios, fuga de capitales y parálisis de la producción, como en la política, donde el Gobierno perdió las elecciones y debió entregar el poder de manera anticipada en medio de un torbellino social.

Las dudas permanentes, la incapacidad para afrontar los problemas llevaron al país a un verdadero caos y allanaron el camino para que la mayoría de sus habitantes aceptara sin mayores dificultades los cambios de la década siguiente.

* Oscar Lamberto es diputado nacional del PJ-Santa Fe. En 1989 ya era diputado nacional

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