Ha muerto un hombre

Por Nancy Sosa. Un análisis descarnado de quien conoce detalles de los pliegues del poder, y la gestión de alguien que considera que no encabezó un gobierno peronista, como tampoco podría definirse así al kirchnerismo.

Los archivos televisivos rescatados para recordar los dos gobiernos de Carlos Saúl Menem, fueron suficientes para refrescar la memoria nacional sobre los acontecimientos ocurridos entre 1989 y 1999 y su repercusión en la vida de los argentinos. Las imágenes hablaron por sí mismas sobre la idea de Nación que tuvo ese gobernante, y cómo el manejo del poder político y de la economía construyeron una falacia de vida feliz cuando en realidad millones de argentinos eran conducidos alegremente hacia el abismo.

¡Revolución Productiva y Salariazo! “Si hubiera dicho la verdad no me hubieran votado”, dijo el mismo Menem cuando le recordaron sus promesas de campañas. Algo así como la “unión de los argentinos” o “gobernaré para todos los argentinos” de Alberto Fernández.

“Un peso vale un dólar”, reemplazó a aquellas consignas en la década del 90, extraordinariamente confusa en todo el planeta porque a la declamada muerte de las ideologías se le contrapuso el despliegue de un neoliberalismo batiente, es decir la tendencia a privilegiar las leyes del mercado, los estados pequeños y las privatizaciones a mansalva. La fórmula del $1=U$S1 fue la carpa de oxígeno para sacar al país de la pandemia de hiperinflación y la caída del 34% de los salarios en 1989, para deshacerse después de empresas estatales mal administradas y obsoletas y encarar negocios de diverso orden y dudosa tramitación.

Después de sus dos primeros años de gobierno comenzó el jolgorio que hizo realidad la privatización de un gran número de empresas estatales como Entel, la fusión y disolución de diversos entes públicos como YPF, Ferrocarriles Argentinos, Aerolíneas Argentinas, las empresas de agua, luz y gas.

La famosa frase “Siganmé, no los voy a defraudar”, lanzada con fuerte retórica a los seguidores peronistas, duró lo que una campaña electoral porque a los 14 días de ganar las elecciones ya estaba buscando fuera del peronismo a sus futuros ministros y asesores, entre los cuales brillaban como gran novedad las figuras rutilantes de la derecha como Alvaro Alsogaray y su hija María Julia, máximos dirigentes de Unión del Centro Democrático (UCeDé).

La misma María Julia Alsogaray dijo a la autora de esta nota, casi en secreto en el salón del Hotel Hermitage de Mar del Plata -en la trasnoche del mismo día en que ocurrió la desgraciada toma de La Tablada-, que iba a llevarse una sorpresa con las futuras elecciones presidenciales previstas para el 14 de mayo del 89. La consulta fue inevitable: “¿Por qué sorpresa?”. La funcionaria que liquidó luego a Entel confesó, entre varias copas de champagne, que ella y su padre visitaban “todos los meses, durante el último año” a Carlos Menem en La Rioja. Esa información no develaba, aparentemente, nada. Pero prosiguió: “Nosotros le decimos lo que tiene que hacer con la economía, y su gobierno no va a ser peronista, como vos creés”.

La traición fue anticipada cuatro meses antes de las elecciones. Tal vez con rencor, quien escribe estas líneas quiso devolver esa advertencia con otra: “Vos tené cuidado, todos los que se acercan al peronismo terminan quemados en la hoguera o desaparecen”. La historia reveló que en realidad fue una premonición para María Julia, única condenada y encarcelada por cuestiones de dinero de todo el menemismo. Nadie salió en su defensa, nadie la visitó en la cárcel, ni siquiera el propio Menem. La UCeDé desapareció.

En octubre de 1989 Menem dictó una medida audaz y francamente cuestionable por gran parte de la sociedad: indultó a más de 200 militares y a 60 civiles, éstos últimos pertenecientes a los grupos armados guerrilleros que agitaron y consolidaron la decisión del golpe de estado militar en 1976. Entre los indultos figuraban los de los jefes de la Junta Militar y el ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz.

El argumento del expresidente fallecido sobre que el pragmatismo hubiera llevado a Perón, como a él, a privatizar todas las empresas del Estado -monumento sagrado de las ideologías de izquierda-, es por lo menos incomprobable. Perón era pragmático pero no incoherente. En la década de 1945-1955 estatizó los servicios públicos para ponerlos en marcha, funcionaron mucho mejor que antes de llegar al gobierno y favorecieron al pueblo. Menem hizo negocios engorrosos con las privatizaciones, aunque se acepta -con debida honestidad- que la política des-estatizadora otorgó un buen margen para que las fusiones contribuyeran a la modernización de los servicios públicos, realmente en estado de obsolescencia.

Muchos periodistas y entrevistados reconocieron como un valor el famoso Pacto de Olivos que Menem selló con el expresidente Raúl Alfonsín para habilitar la reforma de la Constitución. No hay objeción a la reforma constitucional porque hacía falta, pero el Pacto con Alfonsín no es para vender como un trofeo, fue un simple trueque que consistió en garantizar la reelección como presidente del riojano, a cambio de incorporar tres senadores por provincia, uno de ellos por la oposición; esto es, el radicalismo de aquel entonces.

Hubo durante los dos gobiernos menemistas una enorme degradación institucional, dejando al Congreso de la Nación sin una razón de ser, abusando en las decisiones por Decretos de Necesidad y Urgencia, fomentando el rechazo al sistema de partidos políticos y buscando hasta lograrlo una Corte Suprema de Justicia que pasó de cinco a nueve miembros. El axioma en los diez años fue: “Dentro de la carpa todo, fuera de la carpa nada”.

El gobierno de Carlos Saúl Menem fue pernicioso para el sindicalismo y la clase trabajadora que no vio una paritaria, del mismo modo que no la veía desde 1975. Cuando Menem asumió el gobierno, Saúl Ubaldini lo vio venir y con cierta resignación dijo en una entrevista en off: “Voy a tener que dejar la CGT, el turco no me quiere”. Eran momentos en que “Los Gordos” desplegaban como pavos reales sus cualidades negociadoras. Tuvo que irse, con la promesa de que en un turno próximo sería diputado nacional. Le cumplieron.

Se ha replicado hasta el cansancio el “carisma” de Menem frente a hombres, mujeres y masas electorales. Visto a la distancia, el discurso menemista respondía a viejas prácticas de mediados del siglo XX, pero ya anticuadas a fines del siglo. Sus argumentos distaban de ser una pieza oratoria de Perón, estuvieron lejos de ser convincentes y apenas cobraron relevancia por la efervescencia de un público revanchista que ansiaba ganarle al radicalismo. Tal vez se pueda reemplazar el carisma por la seducción y resultaría más creíble, particularmente con las féminas adeptas al poder político de turno que veían en él, como alguna vez se esbozó, a un hombre rubio, alto y de ojos celestes.

Las paredes de la quinta de Olivos guardan enormes secretos pero no todos porque las niñas que accedieron por turno a los interiores del poder en momentos de descanso, no callaron sus bocas como tampoco lo hicieron los varones más próximos al presidente de origen árabe. Trascendió por ellos la costumbre ancestral del probador. En cambio, la competencia femenina hacía resbalar el chimento del “cabello mojado” como prueba de la pertenencia ocasional.

Para los detractores del peronismo en el siglo XXI es conveniente aclarar que el gobierno de Menem no fue peronista, fue apenas una “mueca” del peronismo, como lo es el kirchnerismo. La figura surge de una apreciación del filósofo peronista (de verdad) Alberto Buela, quien suele encuadrar a estas dos expresiones también en la categoría de “accidentes” del peronismo.

Menem partió hacia otros planos menos materiales en la mañana de un domingo. Se fue sin rendir algunas cuentas pendientes con la justicia. En su primer juicio por la venta ilegal de armas a Croacia y Ecuador fue absuelto en 2011. El caso de la AMIA en el que fue condenado, absuelto y condenado, está en el limbo. Por una cuenta en Suiza no declarada, donde depositó la indemnización del Estado por haber estado preso de la dictadura militar, fue absuelto. En 2015 fue condenado a 4 años y seis meses por el pago de sobresueldos (causa de María Julia Alsogaray), pero está a revisión, cajoneada en la Corte Suprema de Justicia. También lo condenaron por la venta del predio La Rural por 100 millones de dólares menos de su valor real. En ninguna condena cumplió detención ni prisión preventiva por sus fueros en el Senado.

Desde el más allá mirará cómo se archivan las actuaciones del juicio por la explosión de Río Tercero, donde murieron siete personas.

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