Del “círculo rojo” a la casta dominante

Por Alberto Asseff. La nueva casta dominante es más injusta que la oligarquía de los albores del país y por supuesto que el círculo rojo.

Antaño era la oligarquía que fue diluyéndose a principios del siglo XX. Luego irrumpieron los “nuevos ricos”, un numeroso universo de neoprivilegiados a pesar de que “los únicos eran los niños”, según rezaba la consigna omnivigente en los finales de los cuarenta. Ulteriormente, emergió el llamado “círculo rojo” constituido por un intento de forjar la burguesía nacional y junto con  emprendedores de resonante éxito, al punto de crear “unicornios” –empresas que facturan más de mil millones de dólares-. La Argentina es tan rica que a pesar de que se empeñan en empobrecerla –y saquearla desde adentro-, sigue en pie. Claro que cada día más penosamente, con pronóstico peor que reservado.

El “circulo” sigue actuando, pero es evidente que pierde paulatina gravitación. Además, es polifacético. No posee unidireccionalidad y ello conspira contra su efectividad. Por otra parte, su postura contra la estrategia del pobrismo es demasiado pálida, casi equívoca. Para ser francos, no se sabe si la atrae más la inflación y la denominada “patria contratista” que la inversión de riesgo y el capitalismo genuino, es decir competitivo, innovador. Para indulgencia del “círculo”, no es sencillo desempeñarse con una macroeconomía destartalada, en un país sin moneda, sin reglas estables, sin libertades básicas, hiperregulacionista y supergravado. Empero, en desmedro de este “circulo” cabe señalar que la mayoría se embelesó -¿sigue fascinado?– con la protección. En ese sentido, no deja de sorprender que Fernando Enrique Cardoso haya firmado sin reservas el respaldo al paraguas protector de altos aranceles externos del Mercosur. Ese amparo seguramente que no puede levantarse de la noche a la mañana, pero es menester ir bajándolo. El comercio liberado trae más beneficios que daños, sobre todo si se sabe hallar el punto de cocción entre protección y liberalización.

La creciente vacancia que el “circulo” admite, por diversos motivos incluyendo sus intestinas contradicciones, la está cubriendo la emergente casta dominante ¿De qué se trata? Es el resultado de un largo proceso que data de los años treinta y que fue agudizándose año tras año –con apenas unos breves momentos de “intervalos lúcidos” en los cuales se buscó tibia e inconstantemente morigerarlo-, pero nunca revertirlo de cuajo.  Es la tendencia a agrandar el Estado, concibiéndolo como el precipuo actor de la justicia social y de la igualdad, confrontado con la actividad privada, percibida como ansiosa de lucro –hasta la avidez para los exagerados– y por esencia mezquina, egoísta, insolidaria. El Estado sería la excluyente solidaridad posible.

Esa involución –¡sí, los “revolucionarios” vernáculos son involucionistas, neoconservadores!– se potenció a partir de 2003 y especialmente desde 2007. El momento culminante fue 2011 por dos circunstancias: un triunfo electoral por una diferencia abismal –54 a 17– y la viudez de a la sazón presidente.  El marido presidente y luego primer “caballero” nunca fue un estadista, pero en su pragmatismo del poder sabía que algunos parámetros debían estar controlados. De ahí su idea de los superávits gemelos. Su sucesora, ya en soledad y con todo el mando, se dedicó con fruición a ensanchar el Estado. El poder la sobó. Del 26% del PBI en 2003 alcanzó el 46% en 2015. Y no para de incrementarse, máxime con la pandemia.

Cada organismo más o cada ampliación de los existentes, incluyendo universidades, dependencias diversas,  implica centenares de funcionarios y asesores con altas remuneraciones –mayores que las de los representantes del pueblo– que se designan sin concurso. Sus CV son la pertenencia a la nueva “Orga”, la que lleva el apellido de un efímero presidente delegado. A lo sumo, se mezclan algunos provenientes de las recomendaciones de los intendentes adictos. Son miles de “militantes” altamente rentados por el Estado y en su mayoría – esto no es un dato baladí – con cierta preparación y hasta estudios superiores. Son la nueva casta empoderada, tanto de facultades políticas como de recursos económicos. Y con un objetivo: sustituir al capitalismo y todo atisbo de libertad. Anhelan la igualdad para abajo, la solidaridad de todos pobres, el sometimiento electoral de ciudadanos necesitados de ayudas porque si no se terminan de hundir literalmente en el hambre. Un país sin clases, pero con una casta, claro que sin linaje.

La nueva casta dominante es más injusta que la oligarquía de los albores del país y por supuesto que el círculo rojo. Es literalmente cruel y mentalmente gélida. Cabeza fría y corazón helado. Gozan y usufructúan de y con la pobreza y les ha venido de perillas el interregno de Mauricio Macri. El ex presidente cometió errores, pero sufrió fenomenales trabas, trampas, engaños, celadas y movimientos realmente destituyentes. Para enfrentar esos enormes obstáculos delegó la política en un diálogo que resultó ser falaz e infructuoso, pero que frenó en los hechos las reformas. Sin  cambios, el gobierno anterior fue consumiendo la confianza y sin ella la administración de la cosa pública se torna cuesta arriba, imposible. Ahora, todos los males se le enrostran a Macri sin rubor, con inenarrable hipocresía.

Así como a la oligarquía la encapsuló la democracia, a la casta deberá cortarle manos y alas la voluntad de consolidar al sistema republicano que engloba a la democracia, pero que le da despliegue.

El Estado debe ser nuestro servidor. Ni grande ni pequeño, el necesario para auxiliar a una Nación que clama por mostrar su capacidad, hoy peor que dormida.

¡Claro que queremos justicia e igualdad! Pero de la mano del mérito, el esfuerzo y el trabajo. Y de la libertad.

*Diputado nacional de Juntos por el Cambio (partido UNIR).

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