Drogas: el verdadero problema

Por Nancy Sosa, periodista. La autora se refiere a la polémica en torno a la campaña de drogas en Morón.

No es el papelito que distribuyeron en Morón para guiar a los jóvenes en el consumo de la droga. No es la legalización de la marihuana. No son los soldaditos que distribuyen o venden en los bunkers. Tampoco los jóvenes que se matan con el paco. Esas son consecuencias de un problema mayor: es la falta de voluntad política para combatir el narcotráfico y establecer políticas de prevención para que el consumo disminuya en escala superlativa. 

Siempre estamos comparándonos con otros países sobre la aplicación de la legalización del consumo de drogas, y nos medimos respecto de sus resultados, pero no se tienen en cuenta “todos” los modelos puestos en práctica, especialmente aquellos que sí dieron resultado al bajar notablemente el consumo y le pusieron un freno real al avance del narcotráfico. 

Suecia es un ejemplo y lo trasmite con una simple y clara sentencia que deberíamos adoptar para la Argentina: “La droga es inaceptable en nuestra cultura”. Así lo cuenta Claudio Mate Rothgerber, especialista en Adicciones y Prevención de la Drogadependencias que es además asesor en la respectiva comisión de la Cámara de Diputados de la Nación. 

En sus conferencias admite que “la droga está en la agenda social de los barrios pobres”, y agregaría que en buena parte de la juventud de la clase media y alta. El hombre se remite al hablar de este tema a la falta de debate doctrinario e ideológico sobre la cuestión del consumo y su prevención. Habla de Juan Domingo Perón quien, ya en 1974 había notado la existencia de “definiciones bastante contrarias a las drogas”. 

Recuerda al hablar del Modelo Argentino, 1 de mayo de 1974, que Perón se refirió al hecho de que, en las sociedades altamente competitivas en materia del consumismo, “aparecieron ciertas deformaciones, entre las cuales la drogadicción y el alcoholismo son lamentables”. En ese sentido había advertido que “estamos yendo al revés de donde deberíamos ir”. 

El debate debería ser bastante extenso y en algún momento habrá que darlo, porque los vicios privados son también una cuestión de salud pública, es un tema de las familias y las escuelas, son un problema social que incluye a la sociedad en su conjunto, pero es una responsabilidad ineludible de los gobiernos y del Estado. 

“Tomá poquito” o “tomá de la buena” no son consejos saludables ni apropiados si provienen de las mismas autoridades que lo promueven. Éstas, en vez de fabricar folletitos que generan confusión y hasta un poco de aliento al consumo, 

evidentemente están consintiendo de alguna manera la vigencia de un narcotráfico cada vez más expansivo en el país. Y no hacen nada. Ya ni siquiera se ven los derribos de los búnkeres donde se vendía la droga, como en el gobierno de María Eugenia Vidal, una acción mínima cuya propaganda daba señales de que algo se estaba haciendo. Hoy tampoco se ven allanamientos fantásticos de decomiso de cocaína o marihuana a una escala significativa. Los ministros de Seguridad se abstienen de incursionar en esa batalla que debe ser considerada principal. 

No alcanza con admitir que las adicciones tienen que estar en el plano de lo individual y de lo privado. Por el contrario, debería ser inadmisible tanto para el consumo de las drogas “buenas” y las “malas, como con el alcohol que es la verdadera puerta de entrada al vicio y la adicción en los jóvenes, ansiosos por experimentar vaya a saber qué cosas. El origen de este consumo está en la ansiedad de una generación que no ve un horizonte saludable, una proa que lo excite para plantearse proyectos de vida saludables sobre la base de una preparación académica que promueva un interés lo suficientemente fuerte para lograr un reconocimiento de la sociedad y en su vida misma. 

De ninguna manera es cierto que el avance de la droga sea inevitable, pero es lo que piensan los gobernantes que tienen a su cargo la función de darle batalla. Que es difícil, todos lo saben. De la misma forma tampoco es cierto que no se pueda frenar el consumo de alcohol y de drogas. El mismo Claudio Mate Rothgerber lo logró mientras fue subsecretario de adicciones en el Ministerio de Salud de la provincia de Buenos Aires. La cuestión principal es tener, de nuevo, la voluntad política y experiencia necesaria para abordar un verdadero plan nacional, provincial y municipal sobre las prevenciones. 

Pero si, como es vox populis, la droga financia la política, entonces el futuro es incierto porque los políticos quedan de manos atadas cuando llegan a cumplir un rol de gobierno. Y la sociedad sufre las consecuencias cuando no encuentra ecos favorables en las comisarías, en las fiscalías, en los juzgados y en los municipios. El problema requiere de una participación activa y decisiva de los gobiernos provinciales y el nacional. Hasta el momento el presidente Alberto Fernández, en ninguna de sus burdas apariciones ha mencionado siquiera el tema. La vicepresidenta Cristina Fernández tampoco, y los ministros de seguridad provinciales y de la nación hacen mutis por el foro. 

¿Cómo debe interpretarse entonces esta indiferencia oficial?: como complicidad con el narcotráfico. No hay otra definición al respecto, y el narcotráfico en Argentina ya está igualando la destrucción causada en otros países “amigos” como México, por ejemplo. El nuestro no es un país de tránsito solamente, es consumidor contumaz no solo en los barrios pobres sino en miles de fiestas clandestinas que se realizan cualquier día de la semana. La droga está en las calles convirtiendo a personas en zombis de toda clase. 

Tal como refiere Mate Rothgerber “el entorno de inestabilidad, la tolerancia social, generan una alta disponibilidad y una alta vulnerabilidad” que influye en los consumidores. 

Se dice con frecuencia que las medidas adoptadas por ciertos municipios aspiran a lograr una “reducción de daños”, y ese objetivo se siente con gusto a nada porque el problema escala de tal manera que hasta la comercialización de productos alimenticios y de consumo habitual contribuyen al sostenimiento del vicio: en los supermercados la leche y el vodka valen exactamente lo mismo. 

El especialista comenta que abordó en algún momento aspectos de la publicidad del sistema de comercialización a favor del consumo. Se multaron a las grandes abastecedoras de bebidas, se impulsó la idea de que no se vendieran bebidas alcohólicas a los menores, se sacaron las marcas de las camisetas de fútbol, se eliminaron los kioscos de las estaciones de servicio. Y, sin embargo, ahora, nadie controla nada. 

En un aporte invalorable del especialista se puede combatir la legalización del consumo de droga, incluso hasta desde el punto de vista ideológico. Pero nadie escucha ni se entera. Esa idea de la legalización proviene del Consenso de Whasington, que rechaza tanto el kirchnerismo como la izquierda argentina. Se hizo con el propósito de cooptar el negocio que estaba fuera de la economía formal. Instruye acerca de que sectores marginales formaron comodities en la década del 80, para generar una guerra contra las drogas en los Estados Unidos a través de la militarización. Por esa razón se instalaron agencias de la DEA en todos los países periféricos y resultó exitosa para Estados Unidos, pero se generó un descalabro fuera de ese país. La consigna era “hagamos de la droga un comercio legal”, puramente económico. Entonces salieron “a jugar” -así lo dice Mate- empresas norteamericanas y canadienses que se dedicaron a ese negocio. De tal forma dejó de ser fuga de divisas y se convirtió en focos de concentración económica del negocio. Pero “la droga no es una mercancía más, bajar la percepción del riesgo y pensar que la droga no hace nada” es un peligro que se agiganta cuando se la convierte en una cosa “amigable” que solo afecta a un grupo reducido de personas. 

Mucha o poca gente es lo mismo, el daño es inmenso. Un dato llamativo: Mate sostiene que la droga “nunca fue aliada de los trabajadores”. Es creíble, como también lo es en estudiantes de secundaria y universitarios apegados al estudio y el desarrollo personal. Pero en los claustros la tentación está a la vuelta de la esquina por la moda, por la necesidad de no ser diferentes de los que consumen, y resultar juzgados. 

Hoy la información sobre la marihuana la brinda cualquier youtuber, a través de las letras de las canciones de moda, y así se convierte en una sustancia de “uso recreativo”. Hasta el lenguaje es usado para suavizar el desliz del que después no pueden salir, por el contrario, los lleva a incursionar en la cocaína y en las pastillas que vende cada día más un mercado sofisticado y dedicado con exclusividad a expandir el consumo como un mal virus. 

Tal vez, algún día, un nuevo gobierno levante la voz y promueva la frase sueca: “la droga es inaceptable en nuestra cultura”. Será después de librar una enorme batalla contra el narcotráfico. 

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