Por Hugo Martini
El presidente venezolano Hugo Chávez ha anunciado la estatización de la compañía telefónica de su país y de "otras empresas estratégicas a fin de establecer el socialismo del siglo XXI".
Lo grave no es el proyecto –finalmente es su pueblo el que le dio un mandato en blanco- sino que el mundo, incluido los medios, lo repiten como si fuera algo verdadero o comprobable. Algo así como publicar una noticia sin asegurarse la validez de la fuente.
Lo que nadie se anima a decirle a Chávez –en Venezuela menos- es que la estatización no tiene nada que ver con el socialismo. Es probable que Carlos Marx moriría de nuevo si se enterara que alguien llama socialista al sistema político-económico del que habla Chávez. Un ejemplo más cercano: en 1989 la Argentina tenía estatizadas todas las empresas de servicios públicos y sólo a un trastornado se le ocurriría pensar que vivíamos en el socialismo.
Reiteramos: el problema no es Chávez, el problema son los que repiten o interpretan lo que él dice, como si Chávez entendiera algo de lo que habla. Chávez es, en la más pura interpretación de la teoría política, un personaje chévere de los que abundan en el Caribe, con plata en su billetera, no en el Banco Central adonde tiene menos reservas que el Banco Central de la Argentina.
Al mismo tiempo, Hugo Chávez es el socio argentino. La pregunta sin respuesta es por qué lo elegimos a Chávez que no nos puede dar nada, excepto un show mediático que le permite decir, por ejemplo, que José Miguel Insulza, el Secretario General de la OEA –organización de la que Venezuela es miembro- “es un verdadero pendejo”.
Este “pendejo” –miembro del Partido Socialista chileno- sirvió al gobierno de Salvador Allende hasta su caída en 1973 e inició un largo exilio de 15 años escapando del gobierno de Pinochet, primero en Roma (1974-1980) y después en México (1981-1988). Ha sido, con los gobiernos posteriores a la dictadura, Ministro de Relaciones Exteriores, Secretario General de la Presidencia y Ministro del Interior y Vicepresidente de la República bajo la presidencia de Ricardo Lagos. Cuando dejó su cargo en 2005, para asumir en la OEA, había ejercido funciones ministeriales por más de una década, el mayor período continuo para un ministro en la historia chilena.
En la elección del “socio venezolano” no estamos aplicando el principio, tan verdadero como anónimo, de que los países no tienen amigos sino intereses. Porque el interés de Venezuela, no la amistad, hace que nos venda el gas oil a precios internacionales, no un a precio de hermanos. Como el interés de Evo Morales, de aumentar el precio del gas natural que necesitamos y que no le cobraría, otra vez, a su hermano.
¿Quién es Chávez?
1. Vive de un solo producto que, si baja de precio, destruye su gobierno.
2. Su único socio en el mundo es Irán quien ha desatado una campaña antisemita a nivel mundial que la gente decente creyó que se había sepultado en 1945.
3. No tiene inversión extranjera porque Chávez no es precisamente un personaje que dé certidumbre ni seguridad.
4. A diferencia de la maldita Generación del 80 argentina no está invirtiendo con el petróleo en educación, ni en infraestructura, ni construyendo un sistema económico vinculado al mundo real, ni integrando inmigrantes, ni haciendo puertos ni refinerías ni creando una clase media.
5. Es el Presidente de un país lateral cuya importancia en la economía y el comercio mundial es más que relativa.
El problema de Chávez no es su mala educación porque para ser presidente no hay que seguir un curso de buenos modales. El problema de Chávez es que no lidera ni siquiera una coalición de los pobres y que no tiene, tampoco, un proyecto ni parecido al que está desarrollando Lula en Brasil.
La izquierda genuina debería preocuparse, porque Chávez bastardea lo que perdura de la idea socialista: una más equitativa distribución del ingreso y el honrado objetivo de integrar a la sociedad a los habitantes más pobres.
En realidad, el problema no es Chávez, somos nosotros. Porque ni siquiera estamos aplicando para elegir a un socio la famosa “viveza criolla”.
En nombre de los que todavía mantienen una reserva de dignidad deberíamos pedirle disculpas a José Miguel Insulza.