Empatía mezquina para los empresarios

Por Nancy Sosa. La periodista sostiene que en la intervención del presidente Alberto Fernández en el coloquio IDEA se notó la ausencia de medidas económicas destinadas a revitalizar la producción nacional y falta de empatía con el sector empresarial.

La periodista y escritora Nancy Sosa

Una enorme distancia se notó hoy en el 56ª Coloquio de IDEA entre el casi ruego del presidente Roberto Alexander exhortando a una cohesión nacional para sacar al país adelante, y la pieza oratoria del Jefe de Estado Alberto Fernández en la que se notó la ausencia de medidas económicas destinadas a revitalizar la producción nacional y la falta de empatía con el sector empresarial. 

Pareciera que Fernández ignoró los rasgos esenciales del público que asistía al coloquio anual, al improvisar frente a mentes formadas al menos en el mundo de los negocios, errar en el tono y el sentido del discurso que se esperaba. Las reacciones de los asistentes virtuales por las redes sociales fueron implacables.  

Es que Fernández hizo un recorrido innecesario por el ámbito de la pandemia, las características del Covid 19, las prácticas de la medicina antigua, las recomendaciones de sanitización, para aterrizar por fin en la necesidad de repensar el mundo. Sin embargo, en ese instante no comenzó nada, apenas un raconto que no llegó a ser reflexión, confuso y de sustancia relativa. 

En una perorata de nunca acabar el presidente dejó una sensación desabrida cuando mencionó que por el virus “cayeron hombres y mujeres”, pero evitó señalar en números las consecuencias de la cuarentena y la ubicación de Argentina en el quinto lugar del ranking mundial en materia de contagios después de más de 200 días de encierro. 

La desorientación entre los asistentes virtuales creció cuando empezó a hablar de la posmodernidad y el individualismo, y de que la Argentina ya estaba enferma desde enero de 2018, echando culpas al gobierno anterior por la fuga de 23 mil millones de dólares a mediados de 2019, el cierre de 25 mil Pymes y la “potencialización” del desempleo. Todo dicho para acusar, según él, “a un gobierno preocupado por los empresarios”, frente a cientos de empresarios. 

Sin ponerse colorado sostuvo que el sistema de salud argentino estaba en diciembre último “totalmente desmantelado”, cuando no era cierto, y las “vacunas vencidas”, una simplificación que alcanza incluso a la gestión de Cristina de Kirchner en 2015.  

En cambio, añadió que en los nueve meses de cuarentena su gobierno multiplicó “más de dos veces la cantidad de camas de terapia intensiva en todo el país, más de 60 asistencias hospitalarias, lo que supone la construcción de nuevos hospitales y hospitales modulares; tuvimos que ocuparnos de la ropa del personal de salud para atender a los pacientes de coronavirus, hasta conseguir los barbijos”.  

En tono de profesor que les habla a sus alumnos en alguna cátedra de Derecho continuó así, llenando el tiempo con palabras y datos que daban fe de su sacrificio frente al coronavirus, de cómo el IFE (Ingreso Familiar de Emergencia) corrió el velo sobre 9 millones de personas que “nadie sabía que existían” como pobres, y también acerca de las “muchísimas” empresas que se reinventaron durante la cuarentena para “hacer cosas que los argentinos necesitábamos, desde barbijos, hasta ropa sanitaria, máscaras, guantes, alcohol en gel” o “tratando de llegar a los sectores desposeídos garantizándoles alimentación suficiente”. 

Deducir la estrategia comunicacional y discursiva en esta oportunidad solo conduce al entretenimiento de un público para cansarlo, aburrirlo y ningunearlo. No tiene otra consecuencia desde la comunicación política de un jefe de estado. 

En ese instante hizo una pausa para leer sus papeles de donde sobresalía la sigla ATP, “con los que llegamos a 236 mil empresas que sin la ayuda del Estado tal vez hoy no existirían y garantizamos el trabajo de 2.500.000 de argentinos”. Sin mencionar cuánto cayó el empleo registrado durante la cuarentena afirmó que fue “igual que el promedio en toda Europa”. En su adoctrinamiento a los empresarios sostuvo que “es un mal dato decir que el empleo cae”; sin embargo, “es un buen dato si se compara con otras regiones del mundo” (sic). 

Recién, a esa altura del discurso encontró un punto de contacto con el mensaje de Alexander en el sentido de que la actual “es una buena oportunidad para pensar el desarrollo de otro modo”, porque la pandemia desnudó “que ese capitalismo especulativo, financiero, puede derrumbarse con una facilidad increíble”. Para Fernández, el Estado, el capitalismo y el mercado definitivamente están vinculados al progreso y al desarrollo.  

Si se acepta como un gesto de dar tranquilidad al auditorio y al país puede comprenderse que hoy desestimara los planteos maledicentes de devaluación y de “quedarse con los depósitos de la gente”.  

Para completar eligió ser contundente: “Necesitamos que los empresarios, de una vez y para siempre, entiendan que tenemos que trabajar juntos para desarrollar a la Argentina y que el desarrollo no se da sin reglas claras que el Estado fije, y que si el desarrollo si no conlleva un beneficio generalizado que alcance a todos los sectores de la sociedad, es un desarrollo que no sirve”. 

Otra vez el reto, como con los chicos que no comprenden. Otra vez la mirada torcida de la realidad: “Tenemos muchísimas salidas, y tenemos un contexto favorable para invertir”. 

A Alexander le concedió una oportunidad al admitir que le preocupa que Argentina haya perdido calidad institucional. 

Finalmente, a los 26:28 minutos del discurso apareció un anuncio: el Plan Gas en Vaca Muerta. Le sucedieron una serie de posibilidades cuyo nivel de concreción no fue develado, como el desarrollo de la minería, la energía renovable, la inversión de una empresa brasileña en la vieja destilería de Shell, la participación de Panamerican Energy en el abastecimiento de combustible con menor cantidad de azufre, la hidrovía para el norte argentino, la salida al Pacífico, la obra pública como “gran motorizador” de la economía argentina.  

De paso insistió en la calificación de servicios públicos de internet, televisión por cable y celulares. Al mismo tiempo se reveló medioambientalista: “La pandemia ha dejado al descubierto que el medioambiente mejora cuando nos encerramos. Cuando los seres humanos nos encerramos las condiciones de vida mejoran, mejora el aire que respiramos, se vuelve más cristalina el agua que tomamos”. 

Antes de repetir por enésima vez “tenemos que desarrollar un Plan Federal” para llevar inversiones al interior del país y que resulten rentables, reconoció que esos emprendimientos tienen desventajas de transporte, de logística; en cambio, los que están cerca del Puerto de Buenos Aires, no tienen esos problemas. 

¿Por qué será?, se preguntó un empresario irónicamente mientras Fernández ponía la última ficha en el rompecabezas que el mismo no entiende: “el 47% de la población vive en el AMBA”.  

La iniquidad que cuestiona tiene su origen en la opulencia del puerto de Buenos Aires, desde que nació la Santa María del Buen Ayre en 1536. 

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