Para unos mucho, para otros nada

Por Nancy Sosa. La periodista advierte la creciente desigualdad que se vive en el país, productor de las decisiones tomadas en pandemia, y la distribución de los dineros públicos por la coparticipación provincial.

La desigualdad parece un signo del actual gobierno, verificada primero en el aumento de pobres por las malas decisiones económicas tomadas en pandemia, y luego en la distribución de los dineros públicos por la coparticipación provincial, cuyos porcentajes son estáticos para algunos estados, caprichoso el correspondiente a la provincia de Buenos Aires, mayor este año para unas cinco provincias privilegiadas y mezquino por envidia para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.  

La noticia no es nueva, ya le choreraron 31.000 millones de mangos que correspondían a las fuerzas de seguridad por su traspaso del ámbito federal al distrital y debía hacerse con la partida correspondiente. El avasallamiento de la Nación sobre el 1% de Coparticipación, los 65 millones reclamados, fue descarado y ahora está en manos de la Corte Suprema de Justicia. Pero, no será lo único porque en Casa Rosada ya despliegan su imaginación (¿?) para pensar en un próximo manoteo.  

Toda la plata de los porteños tuvo un destinatario indisimulado: Axel Kicillof. Él se regodea con su dadivosidad desparramando 70.000 millones de pesos en el Conurbano Bonaerense en limosnas que no resuelven más que el bocado de cada día, mientras la ciudad de Buenos Aires pierde 400 millones de pesos en cada uno de esos mismos días. Esa suerte no la tuvo María Eugenia Vidal.  

Las doce medidas anunciadas por el gobernador pasaron casi desapercibidas por la velocidad de los acontecimientos, pero Kicillof hizo un festival ampliando programas del Ministerio de Desarrollo de la Comunidad, con aumentos del 50% y el 20% de los cupos para sectores juveniles e infantiles, que no tuvieron clases durante todo el año 2020 y lo que va del 2021, porque el “gobierno los cuida”. En realidad, quiere lavar sus culpas con plata por el atraso educativo y el daño a las capacidades de desarrollo personal que le produjo el año pasado y el 2021 que corre a esa inmensa franja etaria.  

La palabra preferida del gobernador, que añora hablar de economía, es “ampliar”. Kicillof amplía todos los programas vigentes de los cuales muy pocas personas saben que existen y son incontables: UDIS, Más Vida, Centros Juveniles, Becas de Niñez, Envión, cupos del servicio alimentario escolar, la jubilación mínima, las pensiones no contributivas, la compra de alimentos, el Fondo de Cultura y Turismo (¿), entre otros. Detrás de cada rubro hay cifras redondas y números que hablan de millones de personas, pero de la implementación, nada. Se da el lujo de otorgar a los jubilados y pensionados bonaerenses que ganan la mínima un aumento del 35% que, obviamente, deberán agradecer en setiembre y en noviembre de este año.  

En ningún momento Kicillof habló de la creación de nuevas fuentes de trabajo, de recuperación de las que cerraron por la pandemia, ni de puestos de trabajo. Se limitó a anunciar que “se ampliará el presupuesto del programa ‘preservar trabajo’ del Ministerio de Trabajo, sin decir en qué medida ni cómo. Sólo habla de dos leyes impulsadas para el “fortalecimiento productivo” pero una de ellas es sólo una moratoria general para impuestos patrimoniales por deudas impositivas del 2020. Esa moratoria alcanzaría a unos tres millones de contribuyentes y a más de 3.800 Pymes. Si comparamos con los 41.000 comercios cerrados por quiebra solo en la Capital Federal, aquella oferta es una nimiedad por la extensión territorial y la cantidad de habitantes de la PBA y denota desconfianza por los datos. Apenas si atenúa o dilata el pago de las deudas, y encima dice que creará el régimen de monotributo unificado para “beneficiar a un millón de monotributistas bonaerenses”. ¿De qué modo?  

Kicillof anunció que la plata para todo esto la pondrá su gobierno y el Banco de la Provincia de Buenos Aires, institución que, como “novedad”, lanzará una línea de crédito, “Provincia Renueva”, destinada a la gente que está empobreciendo en la provincia para que compre materiales y mejore sus viviendas. No habla de grandes obras, no, sino de filtraciones, goteras, terminaciones de núcleo húmedo, pisos, carpinterías, instalaciones de gas, sanitarias o eléctrica y pintura. Será una línea de 5.000 millones para otorgar créditos de 100 mil pesos a tasa baja. No es difícil pensar adonde irá a parar ese dinero y cuánto durará en los bolsillos del 52% de pobres que ya tiene el conurbano, siempre que puedan acceder según las condiciones requeridas.  

También se “ampliará” el programa REPYME de inversión productiva con un cupo de 35.500 millones y habrá “una reducción de tasas para descuento de cheques desde 25%, y capital de trabajo desde el 28,5%”. Un gesto de la usura. El Banco Provincia se dedicará a refinanciar deudas de consumo y comerciales, con períodos de gracia, extensión de plazo y subsidio de tasas, y apoyará a los comercios de “cercanía” con un descuento del 15% con decisiones que se definirán mes a mes. Como se ve, los beneficios son relativos para semejante monto y nada indica que se invertirá para reimpulsar la actividad industrial y productiva.  

Sin duda, Kicillof cree en lo que dice: “Un compromiso de un Estado presente y un gobierno que cuida”. Sin embargo, sus paliativos no mitigan el ruido de lo que la gente pide a gritos: trabajo. El economista, de quien se espera sepa cómo generar un plan de producción y crecimiento, sólo repite los mismos parches que el gobierno nacional. Y pone el foco en los contagios y la saturación de los hospitales sin atinar a levantar la cabeza, ver el campo de juego completo, y saber adónde tiene que tirar la pelota. Pero, paradójicamente, aplica su tiempo a pensar cuanta maldad pueda perjudicar a la ciudad de Buenos Aires, a encerrar a los porteños, a obligarlos a ponerse de rodillas frente a las restricciones que como buen militante marxista sabe desplegar contra cualquiera que gane un manguito de más. No vaya a ser cosa que se convierta en rico, justo aquí, en Argentina.  

De este modo la Argentina va así, a la ruina. Lo dicen todos los economistas argentinos y del exterior. El camino es directo a una hiperinflación que estallará, por supuesto, después que terminen las elecciones de este año. El default ya está cantado en tiempo de ópera y de chamamé. La economía carece de timón, y el único timonel disponible está a punto de naufragar en medio del océano porque La Cámpora, el Instituto Patria, los Movimientos Sociales encastrados en el gobierno, no lo quieren por el desafecto trasmitido por osmosis desde la vicepresidencia.  

No será la ciudad de Buenos Aires la única que padecerá los efectos del ultraje económico. Toda la ciudadanía argentina tiene la certeza de que el rumbo político, económico y social está teñido de incertidumbre. El futuro, COVID 19 mediante, se avizora tenebroso, como nunca antes.  

Hoy, el miedo es lo de menos, no sirve ni para amedrentar a los argentinos para que se queden adentro de su casa. No será con miedo que se frenarán los contagios del virus, ni las muertes de argentinos, tampoco servirá para crecer y producir o crear puestos de trabajo, bajar los precios y equilibrar la economía. La única solución viable eran las vacunas e hicieron todo lo posible para el mundo capitalista no las envíe antes que Rusia. Los argentinos están en manos de personas que piensan en clave ideológica obsoleta, cuyas acciones tienden solamente al fracaso.  

Si existiera algún grado de racionalidad se coincidiría en que no queda otra más que pensar y ponerse a trabajar, en vez de insistir obsesivamente en cómo ganar más poder. De paso, muchos argentinos se preguntan: ¿para qué quieren tanto poder si no saben qué hacer con él, más que adueñarse de las cajas que dejan dividendos suculentos? ¿No alcanzan los juicios que supieron conseguir tras los primeros doce años de gobierno que ahora vienen por más? Porque torta no hay, se acabó.  

En la próxima salida nuevos juicios se sumarán a los que permanezcan abiertos y los acusados serán los jóvenes de hoy, contaminados por el credo tradicional kirchnerista: “no se puede hacer política sin plata”. Esa es la razón de la apropiación de las cajas por parte de miembros de La Cámpora. Esta flamante camada de funcionarios deficientes para la gestión, únicamente tienen en claro ese objetivo y no recuerdan qué les pasó a sus antecesores después del segundo mandato de la Jefa. La lista es larga.  

Pero, cuando se decide cambiar la política por los negocios, cuando se elige la autocracia y el egoísmo antidemocrático, y además no se ha leído jamás a Nicolás Machiavello, termina equivocándose.  

“El mejor régimen es una República bien organizada, aquella que logre dar participación a los dos partidos de la comunidad para de esta manera contener el conflicto político dentro de la esfera pública”, decía el diplomático y filósofo italiano. Da la impresión de que los soldaditos kirchneristas no tienen idea de este concepto primordial del arte de hacer política. Leyeron lo que la Jefa: es preferible que te teman a que te amen.  

Se olvidaron de la última parte de esa frase: “Pero no genere el príncipe odio en su pueblo sobre sí mismo”. Excelente recomendación. 

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