Responsabilidad y convicción: dos valores en juego 

Por Osvaldo Mario Nemirovsci. El exdiputado nacional pone en debate las virtudes requeridas para un correcto ejercicio de la función pública.

Momento propicio para debatir la tan famosa dicotomía weberiana entre las éticas responsables y las éticas de las convicciones. Ciertas actitudes de importantes dirigentes políticos y de gestión, motivaron opiniones sobre el tema. 

En principio veamos a Max Weber y sus aportes sobre el tema. El lúcido pensador alemán creía que era lógico vivir con pasión la actividad política: “el político necesita pasión para luchas por sus principios”. Y entendía que esa pasión y la defensa de sus valores permitía crear cierto modelo social que tenga como fin la mejora de la sociedad. O sea que aún en virtud de sensibilidades como la pasión, todo político tiene un objetivo que es “servir a los fines de la comunidad”, en una clara actitud de positiva prestación. 

Max Weber habla sobre estos temas en su famosa conferencia “La política como profesión” que algunos toman como “La política como vocación” (en alemán, Politik als Beruf) dada el 28 de enero de 1919 en el Kunstsaal Steinicke, de la ciudad de Múnich 

Weber plantea que la pasión tiene un límite, no basta en sí misma y debe equilibrarse con la “responsabilidad que permita valorar los actos, ponderar sus consecuencias y decidir entre las distintas opciones que plantea la realidad” 

No es casual el uso del término “realidad” ya que a él remite el pensador alemán la ratio última en la toma de decisiones. Tal vez de esta premisa tomó un sabio general argentino aquello de que “la única verdad es la realidad”. 

Esto significa un complejo momento de cualquier vida política y es la de conocer un axioma siempre vigente para guiar conductas públicas y es la de que no siempre se puede hacer lo que se quiere. Y en esa imposición negativa cabe que colisionen principios propios con aspiraciones e intereses ajenos, masivos, comunitarios, sociales. Y a todas luces, aparecen como más importantes estos segundos, desde lo cuantitativo que se convierte en cualitativo, sobre los deseos individuales. 

Algunos plantean una suerte de conflicto entre moral como valor de las convicciones y cierto valor instrumental como dato de responsabilidades. 

Probablemente ver en forma sesgada y absoluta esta dicotomía no ayude a dilucidar correctas acciones. Así como el coste moral rodea gran parte de las conductas humanas, tanto para respetarlo como para ignorarlo, el ánimo de las responsabilidades cubre el inmenso territorio de las obligaciones de gestión pública. La necesaria racionalidad política e institucional debe colaborar en la búsqueda de ese equilibrio entra lo moral como subjetividad propia y la acción necesaria objetiva como respuesta a terceros. 

Destacamos que Max Weber no fue solamente un analista social, un sociólogo teórico y un intelectual de Torre de Marfil, sino que fue un político que postuló candidaturas por el DDP (Partido Democrático Alemán) y que asesoró durante la Asamblea Constituyente que fundó la República de Weimar en 1919 y fungió como delegado nacional en las discusiones de Versalles sobre las condiciones de paz para Alemania luego de la PGM. Y fue uno de los más enjundiosos investigadores sobre la llamada modernidad de aquellos años y como la razón tenía su lugar dentro de ese concepto. 

Ni pragmatismo oportunista ni cerrazón ideológica. Como explica Weber “Responsabilidad y «convicción son los dos extremos entre los que oscila la acción moral y la política y si bien ambas son irremediablemente opuestas, no obstante, se necesitan. 

La función pública requiere calidades, no siempre halladas en quienes ejercen cargos, que acoplen la virtud de su convicción con la necesaria responsabilidad hacia quienes son sus mandantes. Y en caso de irresolución de ese dilema, debe primar siempre lo que se denomina la ética de las responsabilidades, ya que la principal meta de todo servidor público en niveles jerárquicos es la de satisfacer demandas ajenas y no dar cumplimiento a lo que considera sus principios. 

Vemos dos ejemplos de estos últimos tiempos: 

Cuando un diputado renuncia a una alta gradación como presidir el bloque mayoritario, no nos confundamos, está haciendo gala de honrar responsabilidades, más allá de lo que luego diga o vote y esas acciones conlleven otras calificaciones. 

Al dejar un puesto de tamaña importancia, “sacrifica” ese dividendo político de alta cotización en aras de no entorpecer desde la utilización de tan elevado rango la marcha de una medida impulsada por el gobierno del cual es parte (el acuerdo con el FMI, no es motivo de esta nota opinar sobre las calidades de este proyecto, sino sobre las actitudes que motiva). 

Y un caso claro de falta de responsabilidad y de ligarse en forma individual y con cierta alta cuota de insensatez, a supuestas convicciones, es el caso de un vicepresidente del más importante banco público de Argentina, Banco Nación, que hace esfuerzos ingentes para entorpecer una medida que impulsa el gobierno, no solo al cual pertenece sino, y a diferencia del caso anterior, le debe el cargo. 

Y en ese camino de ponerse enfrente, no se le ocurre renunciar. 

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