El pescador se calzó sus sandalias

Por Carolina Perín

Conocer a Monseñor Jorge Bergoglio personalmente fue uno de los premios más importantes que la vida me dio.

Y digo uno, porque Dios fue muy generoso conmigo.

Una vez pedí hablar con él -cuando ya era Arzobispo de Bs. As- y a las pocas horas escuché su voz como respuesta en mi celular diciéndome que al otro día iba a ser recibida por él.

Llegué con el nerviosismo de quien no conoce personalmente al sacerdote, y cuando se abrió la puerta del ascensor, en el primer piso de la Arquidiócesis, allí estaba él con su escueta figura.

Conversamos sobre la comunicación social, sobre cómo hacer llegar mejor a través de los medios aquellos valores en los que creemos.

Dialogamos acerca de la necesidad de unir, de complementar, de mirar hacia adelante y de cómo cada uno, desde su sitio, podía intentar ser un elemento que sumara.

Dije, que cuando la puerta del ascensor se abrió, me encontré con su escueta figura…
Cuando me acompañó al concluir la entrevista, sentí que al lado tenía a un gigante.

A partir de ese momento, siempre que pudo me dio parte de su tiempo para enriquecer mi camino.

Alguna vez, le dije que yo no era una buena católica porque era divorciada y él me miró y me expresó que Dios nos juzgaría por nuestras acciones y que yo tratara de poder dar cuenta de ellas.

Desde su designación que no puedo dejar de pensar en El.

Pienso en cómo se sentirá allá y me digo… “Bueno… se preparó para esto”.

Me siento unida a su fe.

Pienso en mi padre que se llamaba como él, también en su segundo nombre… Mario.

No me sorprendo cuando algún colega descubre que cocinaba, no porque lo supiera, sino porque pensé en la historia que me contaron en Alcalá de Henares hablando de San Ignacio de Loyola, fundador de su orden.

Ignacio llegó al hospital, hoy llamado Reina Sofía, casi desfalleciente; y allí lo curaron días y días sin pedirle nada a cambio.
Cuando ya estuvo reestablecido, Ignacio se quedó a cocinar y a servir a los enfermos.

Francisco es así, o por lo menos así lo veo yo a través de mi corazón.

Bienvenido sea que muchos tengamos anécdotas para contar de él.
Porque eso habla del peregrinaje en su diócesis, y hoy en el mundo.

Para El también será un aprendizaje despojarse, en parte de los hábitos diarios, y acceder al necesario protocolo, que su seguridad exigirá.

Hoy, dejé el miedo y me coloqué nuevamente mi cadena con Santa Teresa de Ávila. Como siempre le decía cuando él me mencionaba a Santa Teresita:
“Mi amada Teresa”, Monseñor.
Ella también era peregrina y fundadora de austeros conventos.

Y digo que hoy perdí el miedo a que me la arrebataran, porque pensé que si él caminaba entre la gente sin ningún temor, y usaba su palabra como la más valiosa arma; quienes la hemos oído no podemos temer.

Quien se animó ya a romper el protocolo y como obispo de Roma puso una sonrisa en su primera aparición y pidió que rezáramos por él, merece valentía de parte nuestra.

Quien fue primero que nada en busca de su madre, de María, en su primera acción, exige que todos pero todos seamos madres y padres de quienes nos necesiten.

Querido Papa: el cura Brochero lo estará esperando para su santificación y quiero permitirme una sonrisa en estos momentos de tanta emoción…

Sé que en el fondo, cuando en la soledad del camerino vio la ropa que a partir de ese momento usaría al lado de los tres pares de mocasines que debía probar, seguro que allí también visualizó a las sandalias de San Francisco que nos enseñará a todos a usar.

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