El año de los espejos rotos

Por Daniel Bosque. A un año del comienzo de la cuarentena, el periodista repasa los tumultuosos acontecimientos signados por el avance de la pandemia.

“A partir de este momento, todos tienen que quedarse en sus casas” (Alberto Fernández, 20/03/2020). 

(En homenaje a los médicos y trabajadores de la salud, frontera ejemplar de la pandemia). 

Feliz aniversario, podría decirse, porque todavía cantamos. La sensación es íntima y cada uno sabe cómo le impactó este drama que no quiere apagarse. Sacando a los bizarros que se inflan con que nunca les fue tan bien, el inmenso rebaño se lame las heridas y no deja de prender velas. 

La astronomía acaba de mostrarnos su última novedad: la Tierra, por las energías cósmicas, es una esfera imperfecta y además super elástica. Linda metáfora la del globo desigual para leer a América Latina, que ha retrocedido varios casilleros/años en 12 meses de terror, mientras espera todas las malas noticias posibles sobre cepas, confinamientos, colapsos hospitalarios y vacunas en el invierno por venir. 

A esta altura, un gran padrón social, ya contagiado o no, desconfía de los machos alfa. Porque le campea la idea de que sus gobernantes se han servido del miedo para rigorear largos meses de tristeza y crueldad memorables. “Hemos ido aprendiendo, el coronavirus nos tomó por sorpresa” se auto exculpan funcionarios y voces de la salud en la región, algunos de los cuales han desaparecido de escena después de haber pontificado con soberbia en otoño-primavera-invierno 2020. 

Siempre le pilla cerca a esta tecno burocracia la coartada fácil de echarle la culpa a “la gente”, ese soberano indolente y promiscuo, después de haberlo sometido – perezas, corruptelas y chapuzas mediante – a empobrecimientos y humillaciones varias. Suena a injusto con quienes se ufanan de haber “salvado miles de vidas”, pero el peine fino deja muchas liendres a la vista. Como la indolencia fácil con que las capas más débiles de la sociedad han sido empujadas a bajar varios escalones y a los tumbos. Un plus de pobreza e indigencia inocultable en cualquier rincón latinoamericano. 

La mueca triste. Es que este ciclo de marchas atrás y penurias ha coincidido en varios países de la región con cambios de signos ideológicos en el poder. “El populismo es un cáncer”, dicen unos. “Cállense neoliberales vendepatrias”, replican los otros. En un mar de simplicidades y sentimientos religiosos que impiden el libre acceso del sentido común y la libertad de conciencia al interior del cráneo 

Estas nomenclaturas políticas, los mandatarios y sus mandantes de una vertiente y otra, cada vez más acérrimas, se han mostrado alarmistas o negadores frente a la pandemia, en una gama de grises que todos conocen. Sin embargo, sus acciones cotidianas y discursos tienen un rasgo común: están a años luz de la angustia visceral del ciudadano de a pie, desde sus cristales polarizados y el cuchicheo dulzón de los alcahuetes.  El as de espadas de las proclamadas izquierdas y derechas empoderadas está en sus látigos y billeteras, medios y redes, sostenes y dádivas, capaces de convencer a escépticos y famélicos 

Justamente, la epidemia y sus emergencias sanitarias consecuentes han sido ocasiones perfectas para el pelechar de las burguesías del Estado, una amplia franja que habita una suerte de “riqueza informal” que no aparece en Forbes ni Guiness. Colectivos lanzados al torniquete fiscal de los otros. Y a gastar dineros públicos sin auditorías fiables porque lo primero es la salud del pueblo querido. Además de sofisticar el control ciudadano. El problema no es el software, sino quién y para qué te vigila. 

Cada quien lo vibra con sus tripas. Sentimos el fantasma de la neumonía y el olor de la muerte rondando la esquina. Necesitamos asirnos a esperanzas y reinventarnos la bendita zona de confort, tras ver a los amos chinos y a los magnates de Occidente jurarnos por su madre de que el mundo nunca volverá a tener aquel brillo de la ilusión. Esa que nos hacía ir al supermercado, soñar con subirnos a un avión, narcotizarnos con internet y sobre todo no tenerle miedo a las multitudes y a los abrazos. Como un espejo que se triza, el mensaje remachado de que ya nada será igual es la gran victoria de los poderosos. Más importante de que se hayan quedado o se vayan a quedar con tus ahorros, tu trabajo y tu libertad, es la apropiación de tu cabeza. 

¿Qué es más importante? ¿Este presente o cómo será la post pandemia? En cubierta viajan las clases medias, desfinanciadas que pueden pensar el día después. No pocos creen haber encontrado el elixir en la nueva normalidad de teletrabajos y comercio electrónico. La tribu que anhela con huir de las ciudades y forjar una vida sin gluten, eólica y solar. 

Enfrente, apretados en los trenes, hacinados en sus barrios sucios, con malos trabajos o sin, y sin futuro, están los otros. Son muchísimos más y quedaron cada vez más lejos, tal como dicta el aislamiento estatal controlado por las apps. 

La pandemia está haciendo ebullir la sopa de verdad y realidad. Así tengas excedentes para soñar lo que viene o sólo te abrigue la angustia de no saber qué comerás hoy. Mientras, crecen por arriba las noblezas sofisticadas del siglo 21, que juegan a diseñar lo que viene tras el reseteo monumental y el desenlace de las luchas por el Nuevo Orden incierto. 

Smile please. Como en las olimpíadas, cada país enfrenta el segundo año del virus con sus dietas, entrenamientos y anabólicos. A esta parte del mundo le toca esta versión folklórica de la globalidad. Los que sobrevivan a fiebres y mortajas de esta fatalidad o experimento, deberán enfrentarse a un mundo repleto de oportunidades para pocos, miserias y miserables. 

Es todo un desafío para la dignidad asediada, esa que el Covid-19 y sus vocerías exigen abandonar. Ora et labora, o a Dios rogando y con el mazo dando como decimos en el barrio. No te rindas y sonríe. Te estamos filmando. 

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