Patria y Vida vs. Patria o Muerte

Por Daniel Bosque. El director de Mining Press y EnerNews analiza las protestas en Cuba contra el gobierno castrista y la reacción que generó en la región.

Patria y Adidas. Camino al restorán casero, un paladar donde me chuparé los dedos con un plato de ropa vieja, a media cuadra de la Catedral, el joven Elder me toma del brazo. No es una brigada de civil de los que abundan en La Habana Vieja, me jura. Sólo quiere saber las marcas y modelos de mis jeans y zapatillas. Terminamos hablando largo de su hambre de ropas de onda versus mis juveniles admiraciones por Sierra Maestra, Fidel y el Che, que a él poco le dicen. 

A metros de El Malecón, el simpático Humberto que me ha llevado en su Coco-taxi, una de los tantos que surcan la ciudad. Dice ser ingeniero electrónico, ex becado en Moscú y me cuenta cuánto vale un tomate, sí, uno solo. Y por qué todavía está aquí, donde procura ser feliz con Shirley, su mujer médica y sus dos niños. “Ella es maestra, pero lo que más tiempo le lleva es hacer colas para conseguir comida”. 

Los cubanos son, sobre todo, a menos conversadores. Aunque cuesta el tamiz de la sabia desconfianza. En la capital, en Trinidad, Santa Clara, Cienfuegos, Pinar del Río, la cadencia del hablar es diferente pero el recelo es similar. Más de medio siglo de estrictos controles y delaciones sugieren la cautela, aunque en el último lustro los smartphones crearon redes entre los jóvenes primero y los más grandes después, por donde circuló rápido y a borbotones el malestar. 

Paradojas del globo. Mientras centenares de miles de progres en América Latina despotrican contra el neoliberalismo e idolatran a la Revolución Cubana, en pocos días se han descascarado más Daniel y Rosario, en Managua y han salido a las calles miles de cubanos de a pie. 

“El castrismo, en lo posible, prefiere no matar a sus opositores, los detiene, maltrata y tortura. Después los devuelve a la calle despojados de derechos civiles, trabajo, medios de vida y dignidad, para que tú veas lo que te puede pasar”, me dice Juan, un adherente al Movimiento San Isidro, la plataforma de intelectuales y artistas que a comienzos de año dijo basta, así no, esto no es revolucionario. 

Cuba, por su historia y por su lugar en el mapa, desde los tiempos de José Martí fue la arena dialéctica entre anexionistas y libertarios. Un debate que se extendió al interior del castrismo, pero ya el hegemón no era Estados Unidos, sino Rusia. Y en la unción de Miguel Díaz-Canel, burócrata y hombre de negocios de la Revolución, también han estado estos dilemas. El opaco presidente, sin el aura de los hermanos fundadores, fue alfil de Raúl, hoy nonagenario y en las dos últimas décadas admirador de China y su capitalismo de Estado. Por eso, tras la sucesión de Fidel, unas cuantas empresas prósperas, como la turística Gaviota, fueron pasadas a las Fuerzas Armadas. 

“Hoy estamos mucho peor que en Periodo Especial” me dice Marlén (n.de la r.: los duros 90 que sucedieron a la caída de la URSS y antes de que el petróleo y los dólares de Chávez, además del turismo aliviaran la economía). “No hay comida y la que hay está por las nubes y todo se agravó tras la muerte de Fidel y la unificación de las dos monedas, además mucha gente que trabajaba en el Estado, dice que medio millón, fue despedida”. Otro suplicio social, marcado desde hace dos años, es el colapso eléctrico. La red está en crisis severa y se suceden apagones promedio de 14 horas. Familias y negocios pierden alimentos y medicinas. 

La politología de camisetas es débil, aunque efectista, al definir al mundo y sus actores como bloques unívocos. Pero ni el Partido Comunista de Cuba es todo sintonía ni lo es el “imperialismo yankee” al que acusa de haberlo hambreado. Los acuerdos Obama-Raúl bendecidos por Francisco desde Roma abrieron el rumbo para viajes y remesas de los 1.350.000 de cubanos que viven en EE.UU., pero que Trump revirtió con la misma lógica que sancionó a China: lo que no hace bien, hace mal. 

Washington, encorsetado por las bases de la nueva izquierda demócrata, no quiere pisar la trampa de intervenciones caribeñas y tampoco recibirá a oleadas de “marielitos” que Cuba desearía hipotéticamente exportarle, como aquellos 125.000 que llegaron a Florida en 1981. Ni abrir gratuitamente el oxígeno de las remesas de emigrados para que el “castrismo sin castros” se perpetúe y siga exportando su tutorial, espías e intelligentsia, un modelo exitoso que ya adoptaron Nicaragua y Venezuela, en ese orden, y con los resultados conocidos. 

En el Congreso de los Estados Unidos desde hace dos décadas colisionan dos facciones. Quienes se cansaron de ver como se forraban capitales europeos (mucho español) y canadienses con el bloqueo Helms-Burton de 1996 y enfrente quienes quisieran ayudar a Cuba vendiéndole alimentos a la isla en llamas. Cuba, como Venezuela, es un arquetipo de la insustentabilidad: importa más del 60% de los hidratos y proteínas animales y vegetales que consume, desperdiciando su potencial geográfico y natural. 

Salud y salud. “Ya tú sabes, se pudrió todo con la pandemia, aumentaron mucho los contagios y muertes, porque aquí no hay hospital que esté funcionando bien, no hay ni aspirinas ni dipirona”, me dice Armando, de Matanzas, donde siempre fue dura la represión castrista, pero aun así mucha gente salió a la calle. “No vayas a creer todo lo que te dicen, muchos de los que salieron defender la Revolución son de las BAR (n.de la r: Brigadas de Acción Rápida) que son iguales a las que Cuba les entrenó a Chávez, Maduro y los Ortega”, me dice. 

Hay otra cara del prisma: 30.000 médicos cubanos cooperantes en 67 países son un símil profesional de los proletarios héroes del dólar de Corea del Norte: sus familias reciben US$ 50 mensuales en la isla para parar la olla y viven en misiones con más holguras y un férreo control del régimen. Y otra más son los centros de salud física y mental donde se atienden ricos y famosos del mundo, como el hospital oftalmológico José Martí que opera cataratas por US$ 3.000, no tiene turnos ni quirófanos para los ciudadanos cubanos. 

Qué pasará ahora es el gran acertijo. Hambre más pandemia han detonado las cabezas y roto cercos, justo en la usina de las utopías que alentaba a unirse y marchar a los indignados del mundo. #Patriayvida es un hashtag tan ingenioso como desesperado de los hijos y nietos descreídos de un proceso político que enseñó a leer y le abrió hospitales al pueblo hasta que el tren se detuvo con el fin del azúcar heroico.  

“Muchas veces nos echamos al mar, esta vez nos echamos a las calles”, me dice Frank, un estudiante de Santa Clara. 

Lejos, muy lejos, en el frío Sur del planeta veo por TV a viejos políticos comunistas y populistas que alientan por zoom a sus colegas caribeños, al grito de “Patria o Muerte, Venceremos”, a reprimir a sangre y fuego la indignada protesta cubana. Si hay miseria y decadencia, que no se noten. Obviamente, la defensa a los DD.HH. no es para todos y todas. 

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