Del romanticismo revolucionario a la esclavización totalitaria

Por Nancy Sosa. La periodista analiza la historia de la revolución cubana, a la luz de las últimas protestas contra el régimen castrista.

La humanidad es propensa a los cambios y transformaciones, los generan hombres y mujeres de diferentes épocas con mayor o menor grado de éxito. Esos cambios son como una montaña rusa que sube y baja, a veces abruptamente. Esas transformaciones surgen de momentos llamados revolucionarios, de revoluciones que en su raíz prometen románticamente modificaciones tendientes a alcanzar la felicidad de los pueblos. 

Sin embargo, la historia se ocupa de reflejar impiadosamente que los romanticismos revolucionarios conducen sin remedio a la expansión de las ambiciones personales y de poder, y los pueblos padecen sin excepción las consecuencias de las expansiones desmedidas y del poder dictatorial que se instala para conservar lo presuntamente logrado. 

En ese proceso, almas de todo tipo, personas buenas y malas, ricos y pobres, ignorantes o ilustrados se involucran tras una ilusión que apenas se esboza en sus cerebros porque en su mayoría nadie sabe hacia donde se va y cuáles son los objetivos de semejante movimiento energético llamado política. 

Hacer historia es perder el tiempo, aquí. Solo valen algunos ejemplos como la Revolución Francesa, de la que quedaron al menos principios básicos y un Estado nuevo del que reniegan líderes del siglo XXI con escasa formación política e histórica. Libertad, Igualdad y Fraternidad, la caída de la monarquía clásica, un cambio transversal en la cultura y los modos de vida fueron sus resultados, necesarios y celebrados. Pero esa Revolución, en la que hubo muertos en cantidad derivó luego en el imperio Napoleónico que reinstaló un poder cuasi monárquico, dominante por dentro y exageradamente expansivo por fuera de Francia. El romanticismo creado por la Revolución Francesa derivó en un totalitarismo que esclavizó pueblos y naciones. La humanidad creció a costa del padecimiento de los pueblos. 

Con la Revolución Industrial pasó más a o menos lo mismo, con la diferencia de que la esclavización se encapsuló en la estructura de la producción y del trabajo, dando lugar luego a la fatídica “división internacional del trabajo”. En esa fase se inscribió la denominada revolución bolchevique que se planteó las etapas del socialismo y el comunismo, sin éxito en ninguno de los dos. Esa revolución, que se extendió en el tiempo como su hubiera triunfado se cayó definitivamente en 1989 junto con el muro de Berlín, pero dejó en el intento millones de muertos, sometimientos militaristas rígidos, seguimientos persecutorios a propios y extraños, y un imperio que brilló más en la Guerra Fría, pero se descongeló en un santiamén a manos de las mafias rusas que dieron lugar a la ahora denominada Federación Rusa. El único perjudicado de las estrategias sofisticadas, incluyendo la Perestroika fue el pueblo ruso, hoy envuelto en una serie de reacciones que, como en otros lugares, son los últimos estertores de una revolución caduca y el fracaso de un poder omnímodo. 

No entran en esta descripción los golpes de Estado, solo las irrupciones políticas consideradas “revolucionarias”, y entre ellas, las que tuvieron cierta duración en el tiempo y son próximas a nosotros. 

Es el caso de las “revoluciones” cubana, venezolana y nicaragüense. De esta última la permanencia en el tiempo no es una razón para otorgarle la valía de un triunfo sino todo lo contrario. Daniel Ortega es el típico izquierdista que, con la excusa de instalar un socialismo justo, terminó apropiándose de un país para hacer lo que se le diera la gana, cargarse miles de muertos sin que nadie ose condenarlo y someter a un pueblo que ya está exiguo. Venezuela es el caso más palpable de una “revolución” cuasi justificada en los inicios de Hugo Chávez por la desigualdad y la pobreza dentro de un país rico gracias a su petróleo. ¿Adónde fue a parar esa buena intención militarista de “salvar al pueblo” de la injusticia? A la dictadura de Chávez, y de Nicolás Maduro después de la muerte del líder. Maduro logró que emigraran de ese país cinco millones de venezolanos, mientras él cometía todo tipo de atropellos, asesinatos de adversarios, duros castigos, torturas y aberraciones contra los derechos humanos. Y encima no tiene más petróleo ni alimento para los que quedaron. 

En Argentina se celebraba a Chávez como si fuera Juan Domingo Perón. Pretendió serlo, más no pudo. En Argentina, los imberbes de la década del 70 encontraron en la figura de Néstor y Cristina Kirchner a los líderes de una revolución trunca a causa de la dictadura militar en 1976. El devenir de los hechos parecía darles una oportunidad de saldar aquella “deuda” del destino, pero solo consiguieron permanecer tres mandatos para cometer el peor asalto a las arcas del Estado que se haya visto jamás. Hubo un parate de cuatro años y retornaron para “profundizar” la revolución iniciada pero solo consagran hasta ahora un grado superlativo de ineficiencia en la gestión administrativa, política y diplomática, como nunca antes. 

La Revolución Cubana fue desde 1960 una llama señera de todas las izquierdas de la mitad del mundo. Su máximo líder, Fidel Castro, creó verdaderamente una idea de revolución con aspiraciones a crecer desde una modesta isla con ningún territorio aledaño para anexar, ninguna plataforma marina capaz de aumentar su geografía. Solo Sierra Maestra, y luego la toma del gobierno de un perverso Fulgencio Batista, adicto a las farras, la prostitución, las fiestas y las amistades norteamericanas que viajaban por mar unas pocas horas para vivir la vida loca. Y el pueblo cubano, muerto de hambre. ¿Cómo no aplaudir a Fidel? El hombre fuerte, carismático, con un discurso seguro y promesas como ramilletes en cada mano. Con solo 34 años y un conjunto de soldados amateur pero bien entrenados en Estados Unidos, “bajaron un día de Sierra Maestra” para recuperar a Cuba e instalar la revolución comunista. 

Desde ese entonces fue maestro y formador de cuanto niño rebelde caía a sus pies honrándolo hasta la emulación. Y cuando se le sumó el Ché Guevara, se llevó la mitad de las simpatías juveniles argentinas. Perón dio cuenta de cómo hasta los mejores cuadros del peronismo hacían “entrismo” al estilo cubano. Y soportó las bravuconadas de las orgas armadas donde caló hasta los huesos la idea de que todo se lograba a punta de rifles y pistolas. 

Claro que era atractivo. Hasta los periodistas más inquietos en el primer tramo del retorno de la democracia nos emocionamos hasta las lágrimas cuando nos invitaron a visitar Cuba, participar de diversos “Congresos”, rigurosamente desmitificados por el gran García Márquez como una gran ironía y para que los concurrentes se diesen cuenta de que “eso no era lo importante”. 

Todos los que fuimos hablamos con los cubanos y nos trajimos una idea diferente a la proclamada por el régimen. Con los pocos que se animaron a hablar rescatamos unas verdades no difundidas por los medios locales, pero era solo adentrarse a algunos barrios marginales para darse cuenta de que el nivel de vida del pueblo no era el mismo que veíamos en el Hotel Havanna y otros de esa categoría. Las guaguas (micros) argentinas eran las mismas que le había enviado Perón a Fidel en 1973. Desde entonces y hasta 1986 el transporte seguía siendo el mismo. Y los “arbolitos” funcionaban a full en la plaza central de la Habanna cambiando dólares. 

En los últimos días de este mes de julio de 2021 vimos cómo aquél viejo romanticismo revolucionario se convertía en farsa, como en todos los intentos previos. Acostumbrarse a pensar que la transformación del mundo pasa por la consigna “patria o muerte” es quedarse dormido en las tierras ciegas del olvido. 

El mundo nunca va para atrás, mal o bien siempre marcha hacia adelante. Y aunque lo que viene no siempre es mejor que lo que había, es para avanzar, nunca para retroceder. 

La revolución tecnológica, ésta que estamos viviendo ahora, está descabezando todos los resabios revolucionarios con un simple “like”, que convoca multitudes desde la “primavera árabe” hasta la fecha. No hay más líderes, no hay más masa, no hay quien te lleve de las narices para hacer lo que se le da la gana. Tampoco sabemos qué consecuencias traerá esta nueva revolución, pero hay algo muy cierto: las revoluciones pedestres están muertas y las armas que prevalecen son la información, las herramientas digitales, esas que en un abrir y cerrar de ojos hacen que el mundo entero sepa qué está pasando en determinado lugar, cuántos atropellos se están cometiendo, cuantos pobres existen en el globo terráqueo, y cuánta gente se muere por minuto a causa de un virus. 

Lo que más se lamenta no es la pérdida de la ocasión de participar de una revolución creyendo que de esa forma se cambiará al mundo. Se lamenta que tanto romanticismo, tanta inocencia bajo el dominio de una bota civil o militar, se pierda sin dejar una simple gota que sirva para hacer una buena poesía. 

Login

Welcome! Login in to your account

Remember me Lost your password?

Lost Password