El deseo del embajador imposible de cumplir por propios y extraños

El activo Marc Stanley puso en palabras un deseo que valdría la pena aplicar en un país con semejante crisis, pero que por estos días no practican en otras latitudes. Y mucho menos sería probable aquí, con una grieta cada vez más ancha. La crisis de liderazgo en una oposición que deberá inexorablemente aguardar hasta las PASO.

Por José Angel Di Mauro

Está claro que el embajador norteamericano en Buenos Aires, Marc Stanley, no tiene perfil bajo. Muy por el contrario, el hombre es muy activo y se ha reunido con todos los sectores. Hasta con la vicepresidenta de la Nación, que tiene un vínculo conflictivo con Washington desde que se desencantó con Barack Obama y promovió el olvidable episodio del canciller Héctor Timerman allanando – alicate en mano- un avión de la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Por el contrario, y haciendo gala de una amplitud que en los últimos tiempos se ocupa de exhibir, su propio equipo difundió la imagen del encuentro en su despacho del Senado. Es más, fueron dos las reuniones, la segunda con el sonriente Stanley más cerca de Cristina Kirchner y, en la otra cabecera de la mesa la generala Laura Jane Richardson, jefa del Comando Sur de Estados Unidos.

Protagonista central del Consejo de las Américas que organizaron en Buenos Aires la American Society y la Cámara Argentina de Comercio, el embajador norteamericano habló a continuación de Horacio Rodríguez Larreta y dejó una frase que previsiblemente haría carrera. Fue su respuesta al jefe de Gobierno porteño, que colocándose el traje de candidato había reiterado ante el auditorio su convicción de que la próxima administración que asuma en 2023 tiene que ser “un verdadero gobierno de coalición”. Sonó a autocrítica respecto de la gestión macrista de entre 2015 y 2019, a la que dicho sea de paso siempre se le ha reprochado haber representado una coalición electoral, mas no de gobierno. Tampoco parecía estar hablando Larreta de un eventual gobierno que les dé más protagonismo a sus socios radicales, por ejemplo, si es que al PRO le toca liderar.

Hablaba, ya se sabe, de gestionar desde diciembre de 2023 sumando al peronismo no kirchnerista. A esa estrategia estuvo dirigida la recomendación de Marc Stanley, respecto de armar “ahora” esa coalición, y no esperar a la elección de 2023.

Diplomático al fin, el embajador Jorge Argüello se mostró de acuerdo con el comentario de su colega norteamericano, pero tampoco podía esperarse lo contrario. Argüello es una rara avis entre los embajadores de esta administración quienes muchas veces terminan representando sus intereses personales por sobre los del gobierno en general y la Argentina en particular. Tiene que ver con una administración que ha elegido a sus diplomáticos más por su atracción personal hacia el país al que van, que por lo que puedan hacer allí por el nuestro.

Fiel a su estilo también, o al del gobierno que representa, la portavoz Gabriela Cerruti destrató a Stanley al día siguiente. Consultada por Radio 10, desechó de mal modo los dichos del embajador extranjero, al que le enrostró con ironía que con Trump no les está yendo muy bien… Le sugirió incluso “tener más cuidado cuando se opina sobre otros países”. Pudo ser peor Gabriela, reconozcamos. Sino veamos a Andrés “Cuervo” Larroque, el histórico secretario general de La Cámpora y ministro bonaerense,que le dedicó a Stanley un tuit desafiante, pero con olor a naftalina: “Tranquilo Marc Braden”.

Hombre fuerte del gobierno, Sergio Massa habló más tarde y se mostró afín a la búsqueda de consensos, aunque limitó los mismos al Congreso. Esta vez no exploró otros caminos, como cuando el 17 de octubre del año pasado se permitió anunciar que tras las elecciones de noviembre el gobierno iba a convocar a “un acuerdo con la oposición, los empresarios y los trabajadores, articulando el Congreso y el Consejo Económico y Social”. Hablaba de diseñar “10 políticas de Estado para la Argentina”, pero como en tantas otras cosas donde Alberto Fernández tiene la última palabra, quedó en la nada.

Resulta naif imaginar siquiera la posibilidad de alcanzar un consenso entre oficialistas y opositores para armar una coalición de cara al próximo año. Tampoco es posible que el ala dialoguista de Juntos por el Cambio pueda avanzar ahora en alguna negociación con una parte del gobierno que excluya al kirchnerismo. De hecho, es lo que previó Elisa Carrió cuando arrancó su raid mediático para fumigar cualquier intento de acercamiento. No se rompería solo el Frente de Todos en ese caso, sino también la principal oposición.

Tampoco JxC puede siquiera armar algo definitivo camino a 2023. Sus equipos trabajan en planes de gobierno, pero lejos están de mostrar homogeneidad. El sesgo del plan que irán a poner en marcha a partir del 10 de diciembre -si les toca gobernar- dependerá del candidato elegido. Y mal que les pese a los más experimentados dirigentes de esa coalición que abogan por encontrar un líder antes de fin de año, cuestión de consolidar expectativas y garantizar el triunfo, no hay manera de que eso pueda suceder: ninguno de los múltiples candidatos que ofrece la principal oposición está dispuesto a ceder, al menos por ahora, y no habrá encuesta que los convenza de lo contrario.

En el PRO, la confusión es aun mayor si se contempla el papel de Mauricio Macri. Cada incursión que el expresidente realiza en el Conurbano -y esta última semana hizo dos- amplía las expectativas respecto de que esté pensando realmente en tener un “segundo tiempo”. Y eso complica los planes de Larreta y Patricia Bullrich, pues los desperfila. Hay allegados al expresidente convencidos de que no será candidato, pero está claro que lo que vaya a hacer lo decidirá recién cuando tenga certeza de cuál podría ser su destino. Si tuviera garantizado ganar, hay pocas dudas de que se postularía. Imposible pensar que la exministra de Seguridad vaya a competir con él si Macri se presenta, y contrariamente a lo que con toda lógica ha expresado, Rodríguez Larreta tampoco lo enfrentaría en ese caso, según confió a este medio un allegado al jefe de Gobierno.

Con todo, Larreta y Bullrich confían en que llegado el momento y bien cerca del cierre de listas, el expresidente trocará su candidatura por la decisión de ser el gran elector. Pero nadie puede estar seguro. Ganar, puede ganar, hay que aclararlo. Mas gobernar un país que estará mucho peor de como él lo encontró en 2015, con una gran parte de sus habitantes en contra, es bien distinto.

Rodríguez Larreta ha dicho que el próximo presidente no tendrá 100 días de gracia, sino apenas 100 horas. Eventualmente Macri no contaría ni con eso, ¿qué duda cabe? La resistencia arrancaría al día siguiente de su eventual victoria.

El mismo lo sabe, pues siempre vio en Sebastián Piñera un espejo donde mirarse. Lo alentaba la comparación del expresidente trasandino que volvió tras un turno fuera del poder; pero lo aterra la manera como transcurrió ese segundo mandato en medio de protestas sin fin. Ese solo ejemplo debiera persuadirlo, sugieren dentro de JxC.

Pasa que al exmandatario no lo termina de convencer nadie dentro de su propio espacio. Problemas de la autosuficiencia que genera haber sido presidente. Rodríguez Larreta, en quien confió y por el que se jugó para que lo sucediera en 2015 en la Ciudad, le da dudas pues Macri discrepa respecto de eso de cogobernar con el peronismo. Piensa que si hace eso consumirá su tiempo tratando de convencer aliados en lugar de emprender las medidas que inexorablemente la Argentina necesita. Si algo se arrepiente de su “primer tiempo” Macri es del gradualismo.

Ve en Patricia Bullrich a una buena candidata, por algo la eligió para presidir el partido que él creó… pero le da desconfianza su falta de experiencia en la gestión.

No le ve posibilidades a Facundo Manes, sin experiencia para gobernar y con el que se ha desencantado; ni a Gerardo Morales, con el que ahora tiene una cuestión personal. Más allá de las idas y vueltas que ha tenido con Martín Lousteau, él es para Macri el radical más completo.

Así y todo, cuando se ilusiona con el “segundo tiempo” piensa en que la experiencia de gobierno será vital para enfrentar una coyuntura tan grave como la que viene, en la que la relación con los líderes del mundo será clave y ahí el expresidente infla el pecho.

Del otro lado del mostrador, la pelota está en el aire. Por ahora Massa cuenta con el crédito de los suyos, aunque los sectores más rebeldes cada vez se preocupan menos por exteriorizar sus discrepancias. El 3 de septiembre, cuando se cumpla un mes de su asunción ministerial, un grupo de diputados podría separarse formalmente del bloque oficialista, en discrepancia por el freno al Salario Básico Universal. Aunque Germán Martínez y Cecilia Moreau pueden respirar tranquilos, pues se mantendrían en el redil, dentro de un interbloque.

Como sea, la preocupación del sector dominante dentro de la coalición gobernante por estos días no está puesta en la difícil coyuntura económica, sino atenta al juicio por la obra pública en Santa Cruz. Este lunes la fiscalía hará el pedido de pena para Cristina Fernández de Kirchner; será un momento difícil de digerir para la expresidenta y sus seguidores. Se inicia un tiempo de tensión extrema.

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