Quiero lo de siempre, Ezeiza no es la salida

Por Damián Schuchner. Fundador y CEO de Bukest, cuenta su experiencia en el exterior, ante la expectativa de un mejor pasar económico y la angustia de perder todos los vínculos. Hoy, de vuelta en nuestro país, desarrolló una propuesta motivadora para que los argentinos encuentren alternativas de gran rentabilidad, con sueldos internacionales, viviendo en Argentina.

La mayoría de los argentinos crecimos con la idea de migrar para ganar más plata o mejorar la calidad de vida. Así, Ezeiza se priorizó como la solución a los problemas económicos a los cuales nos enfrentamos a diario. Y nos pasamos la vida relatando la experiencia de amigos y familiares que se fueron a Europa, Estados Unidos u otros destinos en los que “hoy viven como reyes”.

En 2003 comenzó mi experiencia de vida en el exterior, como muchos argentinos decidimos irnos del país para probar suerte en Nueva York. Pero mi historia fue bastante distinta al cuento de hadas que solemos escuchar.

Llegás a un país con la promesa de poder tener una casa a pagar en 76 años, un auto con 14 airbags por centímetro cuadrado, un celular ultrasónico con megas y llamadas ilimitadas por un abono que no te va a mover la aguja. Hasta ahí la idea parece interesante, pero vayamos un paso atrás.

Embalar tu vida tiene un costo emocional altísimo, tanto para vos como para tus afectos, y ni te cuento si tenés hijos. Una vez que estás en Ezeiza con tu familia despidiéndose, es simplemente desgarrador. Si somos sinceros con nosotros mismos, seguramente podamos reconocer que a muchos nos hubiese encantado que -antes de embarcar- alguien nos diga que eso que vamos a buscar lo podemos tener en casa.

Corremos a migraciones y miramos el boarding junto con la cara de nuestros hijos que nos preguntan: “¿Por qué?”, “¿Por plata?”, “¿Para estar más cerca de Disney?”. Y nosotros, convencidos, los miramos y los abrazamos fuerte demostrándoles que estamos haciendo lo mejor para ellos.

Cuando llegás a destino tu status cambia, sos un migrante, alguien que viene de un lugar distante, no saben si es Brasil u otro país al que erróneamente asocian con Buenos Aires. Y pensás si es necesario hablar de Messi, del tango, Maradona o agachar la cabeza. Pones energía en tratar de caerle bien a cada persona que se te cruza, y si escuchas que alguien habla español ya anticipas un amigo, mientras pensas que juntarlo con tu amigo del laburo y con el que haces deporte es absolutamente imposible. Ni siquiera entenderían por qué te gustaría compartir una comida para reunir a todos.

Vas a la escuela de tus hijos y realmente no podes creer el orden, la limpieza, los juegos y la tecnología al alcance de la mano, pero con una idiosincrasia absolutamente distinta, donde para arreglar una tarde de juegos con un amiguito tenés que programar con 15 días de anticipación vía Google Calendar, con horario de inicio y finalización pre establecidos, y con un recordatorio unas horas antes para que no pase desapercibido.

Hasta que un día cualquiera puede que te pase lo que a mí: miras tu auto -una “nave” que venís pagando en micro cuotas- y te das cuenta que no tenés dónde ir, ves tu casa esplendida pero no tenés a quién invitar, mirás el celular lleno de megas y llamadas ilimitadas pero nadie a quién llamar, ni la forma de gastar los megas; y te morís de ganas de tener que llamar a tu empresa de telecomunicaciones anterior en Argentina y preguntarle cómo haces para recargar datos porque te quedaste sin gigas.

Finalmente, volvés para una visita, la ves a tu vieja, a tus hermanos, a tus amigos de toda la vida y por qué no al mozo del bar de la esquina, que solo en Argentina sin importar hace cuánto que no te ve, te mira a los ojos y te dice: “¿lo de siempre?”. Y vos decís: “si, lo de siempre”, pero entendés que ése “quiero lo de siempre”, es mucho más profundo.

Lo de siempre para los argentinos es asado y fulbito con amigos, incluye a mis hijas jugando con sus primos, dominguear con mis viejos y putear en arameo porque te acaban de sumar al grupo número 388 de Whatsapp para encontrarte a comer una pizza de dorapa con 6 amigos de la facu que, si los cruzas por la calle alguna vez ni los reconoces, pero te parece un programón.

Hoy, nuevamente en mi país, entendí que los argentinos necesitamos mejores condiciones, pero también de nuestra cotidianeidad. Tenemos una gran oportunidad y como le diríamos a un amigo en un asado “No seamos boludos “, esta es la nuestra.

La generación de herramientas tecnológicas y el desarrollo de políticas que fomenten todo tipo de actividades permiten exportar nuestro conocimiento y talento al mundo, pero sin irnos de casa. Se pueden ofrecer sus servicios y se consolida la entrada de divisas a través de la industria del conocimiento, que es una de las que más viene creciendo en los últimos tiempos, y nos beneficiamos todos. Usemos con respeto la tecnología, aprovechemos la inteligencia artificial, pero sin dejar de abrazar fuerte a la inteligencia humana.

* Damián Schuchner es fundador y CEO de Bukest.

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