El Estado argentino y el Covid 19

Por Eduardo Mastrostéfano. El director de la Comisión de Desarrollo Económico de la Legislatura porteña analizó la forma en la que el Gobierno de la Nación actuó frente al avance de la pandemia.

El último diciembre cerraba lo que parecía un año más. Sin mayores estridencias y diferencias. Argentina tenía un nuevo presidente, cambiaba el signo político del partido de Gobierno, pero los actores eran los mismos.

Y así terminó el 2019. El mundo se aprestaba a seguir creciendo en 2020. Pero a mediados de diciembre 27 personas eran diagnosticadas con Covid 19. El mundo se enteraría en enero de 2020. Ese diciembre será recordado como el comienzo de la última pandemia. Y con ella, la vuelta del Estado-Nación y su combate a un virus invisible. Asia con sociedades regulares ante el cumplimiento de la ley y Estados con menor basamento en el estado de derecho enfrentaron el peligro primero. Esos Estados con menor recorrido democrático y burocracias altamente especializadas tardaron cuatro meses (promedio) en pasar al frente en la lucha contra el Covid 19, más conocido como coronavirus. Europa sufre más, los comportamientos conductuales y una integración más participativa de las elites gobernantes pulsean contra el virus.

¿Cómo se encuentra el Estado argentino ante la amenaza? La respuesta es una incógnita, estamos en el comienzo de la circulación comunitaria del virus. Pero las actuaciones del Gobierno, los comportamientos sociales y las reacciones de los organismos de los gobiernos nos permiten algunas reflexiones. Veamos el contexto.

El gobierno nacional declara un aislamiento social preventivo y obligatorio a los 16 días del primer diagnóstico de coronavirus en la Ciudad de Buenos Aires. Rápido de reflejos el presidente Alberto Fernández decreta la cuarentena, obligando a la ciudadanía a permanecer en sus casas, suspende las clases en todos los niveles y comienzan los controles (lánguidos) en Ezeiza. Hasta aquí parecería que el Gobierno argentino cabalga un Estado con resortes lo suficientemente aceitados para tomar medidas rápidas y confiables.

Cuando pensamos el Estado, esa asociación compleja, abstracta y material a la vez, que incluye a la fuerza pública, tanto en forma de ley como de monopolio de la fuerza física legítima y condensa a las relaciones sociales de los ciudadanos entre sí y con las cosas, es aconsejable desagregarlo en dimensiones. Veamos los hechos.

Un Estado moderno es una asociación que controla y penetra en un territorio determinado. La primera dimensión de ese Estado es la política. Esta dimensión del Estado es en el sentido de sistema legal, es el reclamo del uso legítimo de la fuerza física en forma monopólica. Cuando observamos la implementación del aislamiento social preventivo y obligatorio (cuarentena), vemos los primeros problemas del Estado argentino. El Gobierno decreta, el comportamiento social es dispar. Una parte de la clase alta y de la media alta parece no reconocer el tema y viaja al exterior (más de 30.000 argentinos en el exterior cuando el Presidente tardíamente cierra las fronteras el 27 de marzo), dentro del país deciden vacacionar y se produce la migración interna.

 El Gobierno nacional observa impotente como las rutas se llenan de automóviles, los ingresos a las ciudades balnearias tienen filas de kilómetros para ingresar y diariamente los ingresos y egresos a la CABA están atestados de automóviles. El Estado reclama pero no operativiza. El orden legal y la comunidad política parecen disociados. Los pobres no acatan, en su mayoría no por anómicos sino porque sus condiciones sociales y económicas no se lo permiten. La clase media lo mira por TV y lo escudriña por las redes sociales.

La segunda dimensión del Estado, siguiendo a O’Donnell (2010), es la burocrática. El conjunto de burocracias son personas altamente calificadas que tienen responsabilidades asignadas legalmente para la protección del bien común. Volvamos al hecho. El Gobierno debería tener una planificación para la materialización de una cuarentena. Tomemos solamente una cuestión ¿cómo se pagan las jubilaciones? El desbande fue total. El esfuerzo de los que la miran por TV, desperdiciado. La eficacia del Estado, nula. El peligro de la pandemia, por el cielo. Y la posibilidad del testeo masivo por la burocracia profesional imposible.

La tercera dimensión del Estado es la ideológica. Esta dimensión es la permanente, la necesaria cotidianamente, si la coacción física de la ley es un recurso esporádico y excepcional, la dimensión ideológica es diaria. Esta dimensión es la creación de un “nosotros”, es la identidad colectiva de una sociedad. Es ese nosotros que debe estar por encima de los particularismos y de los intereses individuales. Ese nosotros que aparece cuando gritamos un gol de la selección pero que desaparece cuando la grieta política y social se abre ante nuestros pies. ¿Somos todos iguales? ¿Nos sentimos iguales ante la ley? El “nosotros” falla, el yo crece y se perfecciona.

Por último, la dimensión de filtro. Esta dimensión “intenta” regular los ingresos y egresos entre el interior del territorio y el exterior. Nuevamente los hechos descubren un Estado lento, falto de reflejos, de tecnología y de burocracias para controlar. Nos encontramos con personas que ingresan por tierra, por mar y por aire sin ningún seguimiento. Individuos con casos positivos en aviones y barcos, que son atendidos a bordo y que los pasajeros de esas embarcaciones, salvo que sean residentes de CABA y son alojados en hoteles, vuelven a viajar a sus provincias sin ningún seguimiento.

¿Qué Estado tenemos? ¿Qué Estado necesitamos? Y, ¿qué Estado podemos tener? Tres preguntas que no encuentran respuestas en la Argentina actual. La generación del ‘80 pensó y creó un Estado, el radicalismo lo repensó y lo democratizó. Perón lo modificó. Frondizi lo repensó y reequilibró. Los militares lo diseccionaron. Alfonsín lo volvió a democratizar e intentó profesionalizarlo. Menen lo reformó y lo re-reguló. Luego, nunca más sería pensado. Siempre fue un botín, pero antes, al menos, pensado.

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