La democracia jaqueada por izquierda y por derecha 

Por Nancy Sosa, periodista. A propósito de lo ocurrido en el Congreso de Brasil, la autora analiza la situación política en la región.

¿Qué es lo que está fallando para que la democracia se vea jaqueada por las izquierdas -como era lo más habitual-, pero también por las derechas, un fenómeno del siglo XXI donde todo pareciera haberse corrido de lugar en busca de algo nuevo sin desentenderse de lo viejo? 

La tentación de redefinir las izquierdas y las derechas actuales es grande pero ya se sabe que ese es un tema para varios tomos, y por esa razón en esta nota se tocará someramente, lo suficiente como para tratar de entender en qué medida se han corrido los ejes ideológicos de un extremo y otro. 

La explosiva situación desatada en la República Federativa de Brasil cuando no había pasado siquiera una semana desde la asunción por tercera vez de Ignacio Lula Da Silva como presidente del país, se convirtió en un llamador regional imprescindible para que los gobernantes de los países limítrofes y los influyentes de sus políticas locales se volcaran en masa a defender el flamante gobierno del histórico obrero brasilero. 

Sin distinción de ideologías la reacción mayoritaria fue en contra de la violencia desatada por los seguidores de Jair Bolsonaro -recluido en un conveniente marco de silencio-, que avasallaron, violentaron y ultrajaron los edificios públicos que resguardan a las máximas instituciones democráticas en la capital del país, Brasilia. 

No hubo que hacer ningún esfuerzo para emparentar la reacción desmedida y antidemocrática con la provocada por Donald Trump en los Estados Unidos hace dos años, cuando también había perdido las elecciones y el poder, al igual que Bolsonaro. Los dos intentaron desconocer la voz de las urnas, los dos intentaron asociar la situación electoral con un “virtual” golpe de estado electoral. Ninguno de los dos bancó perder democráticamente, ambos reaccionaron desde sus poltronas de una derecha decadente que nada tiene que ver con las ideas liberales y sí con el autoritarismo más despótico. 

En la historia de la política universal, las revueltas contra el sistema democrático estuvieron siempre pergeñadas y urdidas por las izquierdas más radicalizadas, pero en este siglo XXI pareciera que la torta se dio vueltas y dejó las velas hacia abajo. Sin embargo, en el continente americano, de norte a sur, estas reacciones se están dando con nitidez en diferentes naciones, muchas de ellas caracterizadas como de izquierda, a las cuales quieren destronar otros grupos también de izquierda. 

Estos fenómenos carecen de un afán ideologizante porque nadie puede afirmar qué tendencia llevan en sí mismos, es difícil descubrir si los embates provienen de manejos externos impulsados por una claridad en las ideas o si se trata de pujas internas de poca monta. Ya no se le puede echar la culpa solo a Cuba de todas estas reacciones y la asunción de nuevos grupos de izquierda criados en la isla. Es mucho más grave que eso: la mayoría de los nuevos dueños de los poderes de izquierda en Latinoamérica ya no exhiben ideas siquiera progresistas, o destinadas a resolver los problemas urgentes de sus pueblos, como es la pobreza y la inflación que los abate. Estos nuevos representantes izquierdistas llevan como política de fuste la sumisión de sus pueblos en la máxima pobreza, sea por inhabilidad gestionaría o por el capricho de sostener las viejas categorías en que alojaban al capitalismo para dibujar al enemigo más palpable. 

La transformación se está dando en la política y el que sufre las consecuencias es el sistema democrático, a la sazón el único posible de existir mientras no aparezca otro superior que lo reemplace. 

En realidad, la puja es entre la autocracia y la democracia, sin importar el sello de derecha o izquierda que quieran ponerle. Y si hay que escuchar pésimas interpretaciones de la Revolución Francesa con la que se inició la democracia, habría que decir también que, así como la autocracia de aquel momento encarnada en la nobleza y el clero se ubicaban a la derecha de la Asamblea Constituyente, los partidarios de la soberanía popular junto con los capitalistas de la época lo hacían a la izquierda. 

Los capitalistas estaban entonces junto con la clase trabajadora a la izquierda, y los nobles y el clero a la derecha, con derecho al veto, nada más y nada menos. Los primeros eran progresistas y demócratas, los segundos, conservadores y autócratas. 

Todo cambia, todo cambia, y no siempre en el sentido en que cada político lo desea. La izquierda nació vinculada a la democracia, el progreso y la defensa de los intereses de la mayoría. Los de la derecha gozaban de los privilegios económicos y políticos de las élites, en detrimento de la mayoría social. Cuando surgió el liberalismo puro, se instaló una tercera vía intermedia, bien democrática, que lentamente fue desapareciendo por la voracidad de los extremos. 

Ese fue el esquema vigente de la polarización política en el mundo de la Guerra Fría. A comienzos del siglo XXI, bajo el paraguas del multilateralismo, se ensayaron cientos de fórmulas, todas hoy en franco declive. Ya no más las ideas políticas sublimes, ni las epopeyas para salvar al pueblo de las miserias, o ensalzar la movilidad social ascendente, el crecimiento a partir de la producción local, la sana competencia entre los mercados del mundo y el auxilio a los emergentes para emparejar los resultados. 

Hoy, todo se trata de la conquista del poder por el poder mismo. Y si en ese emblema hay que acudir a la violencia, no hay medida ni reglas que habiliten las negociaciones pacíficas. Por esa razón se instalan las dictaduras, embozadas en el militarismo o en el mismo sistema democrático; también los populismos y los totalitarismos de izquierda y de derecha. Las ideas de democracia, progreso y equidad pierden sentido, las clases tienden a desaparecer reduciéndose sólo a ricos y pobres, sea el gobierno sea. 

Paradójicamente, tampoco se habla de revolución, aquella que enarbolaba utopías para un mundo mejor, el hombre y la mujer nuevos. 

En este marco se vuelve urgente el rescate de la democracia como único sistema posible. Para ello hay que terminar definitivamente con la lógica de culpar al imperialismo -como si solo existiera uno- y a los enemigos internos como fórmula de atizar el fuego de la política en general. Es preciso dar el certificado de defunción a los viejos paradigmas de las derechas y las izquierdas, por vetustas e inútiles, además de cancelar lo antes posible la tendencia de la época de trasmutar la política en negocio. 

En Brasil, Bolsonaro no se opone a Lula porque perdió las elecciones. Quiere destruirlo porque el pueblo le ha sacado su garantía para seguir haciendo negocios con los de la derecha y los de la izquierda sin distinción. La pertenencia a los BRICS, donde hay más signos de izquierda que de derecha, le abre los brazos a su pragmatismo en el cual las sutilezas de la política y el mundo de las ideas no pueden entrar. 

Durante sus cuatro años de gobierno, el exmandatario hizo lo que se le dio la gana con Brasil, y logró que su economía creciera más allá de sus habituales locuras. Eso no se discute. Lo que está en cuestionamiento es el escaso grado de democracia que exhibe en cada uno de sus actos políticos. Ejerció más una dictadura con un centralismo exuberante que un gobierno democrático. Por eso el pueblo de Brasil le dio su favor al peor de sus enemigos. 

Ahora, como oposición en la república vecina, Bolsonaro debe cumplir con el rol que le imprime el juego de la democracia que, en principio obliga a reconocer al ganador de una contienda electoral, como mínimo. Luego, contener a sus seguidores para que dejen de embarrar la cancha y elijan el juego limpio en la arena política. Tiene herramientas y un 48% de adhesión electoral, una buena base para remontar la derrota, pero debe hacerlo dentro de las instituciones y sus niveles federal, estatal y municipal, sin generar conflictos adicionales ni revueltas desaforadas. 

Latinoamérica en general atraviesa por situaciones similares en varios países, ya no solo entre derecha e izquierda sin clasificar, sino entre izquierdas e izquierdas donde el objetivo es imponer la pobreza y que esta se convierta en un hilo de dependencia con el estado nacional. 

Así como durante muchas décadas se dijo que la izquierda en general no estaba calificada para gobernar, en algunas naciones como Colombia hoy la derecha se ha convertido en una mala palabra. 

Y así como siempre se asoció al capitalismo con la mafia de mercados, ahora los gobiernos populistas latinoamericanos como Venezuela y Nicaragua tienen sus respectivas mafias con aviones privados, élites riquísimas y poblaciones extra pobres. 

La construcción de los Estados mafiosos se hizo con mucho tiempo en el poder, mano dura, un aparente gobierno popular, convertido finalmente en totalitario, contrarios a la democracia y a la economía del libre mercado. Esos estados populistas no trajeron la panacea con la que soñaban sus militantes. 

Solo se apoderaron del poder, sometieron a un pueblo entero y establecieron su propio contrato social en el cual la obediencia es la norma número uno. 

Allí donde las izquierdas dominan, como en Bolivia o Perú, las internas no cejan. Prevalece la lucha entre los dominantes y los dominados, sin importar el signo ideológico, haciendo caso omiso al cumplimiento de los derechos humanos que ellos mismos pregonaron durante décadas. 

Lo cierto es que la democracia se ve jaqueada permanentemente por gobiernos de derecha y de izquierda, enfrenta retos nuevos, exige a la política verificar la calidad de sus contenidos y a los políticos repensar -como tantas veces se dijo- la forma de hacer política. 

Esta vez sería conveniente el restablecimiento del mayor presupuesto: la política no puede ser reemplazada por los negocios y el afán de enriquecimiento personal, debe estar al servicio del pueblo y no servirse de él para provecho personal. 

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